Qué vergüenza las elecciones de octubre

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Cecilia Lopez Montaño

Cecilia Lopez Montaño

Columnista Invitada

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Mientras la ciudadanía siga impávida ante los horrores de la política colombiana, no hay posibilidad de que este país concrete en realidades para todos, las cosas positivas que tiene su tierra y su gente. Y parece que seguirá tolerando todas las cosas imperdonables que están haciendo esos simulacros de partidos políticos que tenemos.

Lo más grave, sin duda, es la corrupción de esta clase que, lejos de asumir costos por sus malas prácticas -para llamar de alguna manera su absoluta falta de transparencia-, ahora se reproduce como la mala maleza.

Si se observa con algún detalle quiénes son candidatos o quiénes están detrás de las campañas, muchos como Dilian Francisca en el Valle, o Luis Pérez en Antioquia cargan con un pasado complejo.

El segundo gran pecado: el nepotismo, ya no es un caso excepcional limitado a los grandes clanes de políticos del país, sino que esta práctica de aumentar su caudal político con familiares que nadie conoce y con poca experiencia, se está convirtiendo en la regla general. A ese paso, ni siquiera los pocos políticos que se han ganado el respeto se cuidan de caer en esa tentación.

Entonces, los senadores oriundos de una región quieren poner a su hermana de gobernadora y hasta las madres de algunos entran a convertirse en las matronas de la política como sucede en el Cesar.

Lo que se avecina es realmente dramático y lo peor es que nada se mueve para evitar que se consolide esta clase política perversa que domina el ejercicio de esta profesión, que cada vez se aparta más de ser noble.

El balón está ahora en la cancha de los votantes, pero por lo que ha sido la historia de las votaciones en Colombia donde el voto de opinión es pequeño y limitado a las grandes ciudades.

¿Cuándo será que se presente, de nuevo, la posibilidad de transformar esta política colombiana cuando, en la realidad, los pocos ensayos de renovación han fracasado?

Ahora, uno de los grandes impedimentos para este cambio es la falta de formación política, especialmente de la aún pequeña clase media que ha sido, históricamente, muy arribista y de nuestros amplios sectores de pobres y vulnerables que sucumben ante la venta de su voto.

El hecho de que no se vea un panorama distinto para octubre no significa que no se muestren los peligros de seguir ejerciendo la ciudadanía de manera tan imperfecta.

Es fundamental entender que cuando el país va mal, son los sectores más débiles los que pagan el plato especialmente cuando el país es, como en el caso de Colombia, manejado por los ricos que siempre salen ganando.

La voz de aquellos que no son esa élite egoísta es la única que puede producir un verdadero viraje en esta sociedad. Y las clases medias, más educadas que antes y con mejores ingresos, son la esperanza, no de los ricos que todo lo tienen, sino de los pobres y los marginados. Esa es una responsabilidad que pocos entienden.

Ojo pues electores con sus votos en octubre. Hay demasiados candidatos que no se lo merecen y que, por lo tanto, deben sentir el rechazo de la mayoría de un pueblo que, como el colombiano, ha sufrido demasiado las consecuencias de tener esta clase de dirigentes y unos partidos sin transparencia y sin ideología. Por eso, muchos candidatos se cambian de partido como de camisa. Qué vergüenza.

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