La autoridad se fue de vacaciones…

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Escrito por:

Jairo Franco Salas

Jairo Franco Salas

Columna: Opinión

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Y llegó la permisividad a reemplazarla; de la primera no se sabe su paradero y el tiempo que durará su asueto; mientras que la segunda pareciera que quisiera quedarse indefinidamente.

No era mi propósito escribir este tema, fui impulsado por unos amigos y especialmente animado más por una amiga docente, que al relatarle el caso y preguntarle si podía servir de algo en el momento me respondió:

Solo hazlo, escribe. Hace 21 años a la Personería Municipal de Cali, siendo Personero Delegado para los Derechos Humanos, se presentaron padre e hijo, este ultimo de 16 años, manifestando que le estaban violando el derecho al libre desarrollo de la personalidad porque su padre ejercía demasiada autoridad y no le permitía usar aretes en sus orejas; el muchacho argumentó que esa dependencia tenía que solucionarle el caso.

Fueron atendidos por el abogado de turno y mientras me retiraba a mi oficina el joven decía alzando la voz, papá yo tengo derecho a usar los aretes, vos no podes ser autoritario conmigo y el padre: Mientras estés bajo mi cuidado no lo permitiré y no me digas que soy autoritario, ya que eso no es así, si te portas bien cuenta conmigo para todo, recuerda que vos sos mi único hijo.

La autoridad aquí soy yo, es la expresión que no queremos escuchar al que tiene la posibilidad de solucionar conflictos.

Donde estemos, tenemos derechos y obligaciones. La autoridad es la potestad que tiene alguien y siendo legítima, podrá ejercerla en un entorno con el propósito de obtener orden con acciones concretas sin llegar a la arbitrariedad.

La permisividad es tolerancia excesiva, la podríamos tildar de dejar hacer, dejar pasar, ya que de manera reiterada sería una forma de maleducar.

Volví a observar cómo se desarrollaba el caso en referencia el cual no culminaba; el tiempo estimado de atención se había duplicado y noté que se alteraba más el joven al no ver su propósito.

Dispuse entonces que dos abogados de la Personería para los Derechos Humanos atendieran de manera individual a padre e hijo en oficinas separadas, que hicieran énfasis en derechos humanos, derechos civiles, obligaciones y patria potestad de una manera objetiva y que resolvieran al máximo las inquietudes de los quejosos.

El caso parecía fácil pero en el fondo no era así, había que actuar en derecho y con cautela. Transcurrido 50 minutos nos reunimos nuevamente como en una plenaria y expectantes queríamos saber qué opinaban progenitor e hijo; este refunfuñando decía que él creía le obligaríamos a su papá sobre su pretensión y aun se resistía.

Uno de los abogados dijo al joven: Mijo si usted se deja romper la oreja, más adelante se dejará romper la nalga; la oficina se silenció y pensé aquí se formó la de Troya; miré al padre, al adolescente y al abogado le hice un gesto de sorpresa. Intervine: Es nuestra verdadera intensión que se solucione este caso sin ofender a nadie.

Después de más de un minuto de silencio el joven repentinamente entendió y abrazó a su papá, nos dijo que lo habíamos convencido y que desistía de su idea. Ambos agradecieron la atención de la Personería y salieron de ella abrazados.

Todos los funcionarios al unísono consideramos sin discrepancias que no se violaba derecho fundamental alguno en el caso que nos ocupó toda la mañana de ese día; lo que más nos llenó de satisfacción fue que se solucionó una situación que perturbaba la convivencia familiar y que nuestra intervención fue de manera oportuna.

Finalizando, que la permisividad no se vuelva excesiva tolerancia y pase a ser complicidad, dificultándose el ejercicio de la autoridad legítima.

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