Embotellando la ciudad

Editorial
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El crecimiento poblacional trae consigo necesidades: más servicios públicos, más escuelas, más viviendas y, por supuesto, más vías y  con mayor capacidad.

No en vano diferentes ciudades del país están proyectando no solo nuevas carreteras, sino la ampliación de las ya existentes. Claros ejemplos se encuentran en la hermana Barranquilla, donde actualmente se proyectan la ampliación de la avenida Circunvalar de 6 a 10 carriles, y la de la Cordialidad, de cuatro a seis canales de ancho.

Paradójicamente, en Santa Marta ocurre todo lo contrario. En la capital del Magdalena no solo existen las mismas vías desde hace más de 30 años, sino que estas, lejos de ampliarlas de cuatro a seis a carriles, las están angostando.

Ejemplos de lo anterior se encuentran en las avenidas Libertador y del Ferrocarril, que en los últimos años han perdido terreno debido a la ampliación de sus andenes, que ahora son utilizados por los motociclistas para superar los trancones vehiculares.

A la lista de carreteras sacrificadas se une ahora la avenida del Río, una de las pocas arterias viales con las que cuenta una ciudad como Santa Marta, que cada vez está más embotellada.

El Sistema Estratégico de Transporte, Setp, se encuentra ejecutando obras en el tramo comprendido entre las avenidas del Ferrocarril (carrera octava) y la Campo Serrano (carrera quinta), a través de los cuales está angostando la del Río para darle mayor amplitud a los andenes.

Lo anterior deja en entredicho lo “estratégico” que puede llegar a ser el Setp. Y es que antecedentes sobran acerca de lo que ha ocurrido en los andenes que han sido ampliados, como los de la avenida del Ferrocarril, de los que se han apoderado vendedores estacionarios que ofrecen todo tipo de productos, sin contar con que son las sedes de talleres de motocicletas y hasta parqueaderos de vehículos.

Ante las críticas, el recién sustituido gerente del Setp, Luis Guillermo Rubio, salió al paso indicando que la ampliación de los andenes forma parte de una política de inclusión, que busca que las personas con movilidad reducida tengan suficiente espacio para desplazarse, según una directriz de ciudades amables, pero olvida que el espacio público también es para los vehículos por los que, además, se pagan impuestos.

Ciertamente, el concepto de movilidad debe analizarse desde la integralidad, garantizando los desplazamientos de peatones, de personas con discapacidad, de ciclistas y de conductores de  motocicletas, vehículos, autobuses y camiones.

Sin embargo, en el caso de Santa Marta, todo apunta a que no se considera el concepto de movilidad multimodal, puesto que las obras solo contemplan a peatones, en detrimento de los conductores; sin contar con que a la larga los transeúntes tampoco ganan espacio, pues este se los terminan apropiando los vendedores informales, los que ejecutan construcciones ilegales, los que arman sus negocios de parqueos,  y las motos y bicicletas que ya no caben en las vías agostadas, entre otros.

Mientras tanto, la ciudad está cada vez más embotellada. Esto queda en evidencia en la implementación de la medida de ‘pico y placa’, que suma ya siete años y a la que no se le ve fin. Y es que en Santa Marta hay cada vez más carros para, literalmente, menos vías. Las avenidas que existen fueron construidas hace décadas.

En el caso de la avenida del Rio, se están restando unos 60 centímetros en cada lado para la circulación de vehículos, motocicletas y bicicletas, lo que ocasionará nudos al momento de transitar.

Resulta ilógico que en una ciudad se hable de crecimiento, de desarrollo y de inclusión cuando se implementan obras que van en contraposición de esto. Sí, Santa Marta debe garantizar la movilidad, pero para todos por igual, debe pensarse en carreteras con más carriles para vehículos, en canales de circulación para las busetas, en ciclovías para los ciclistas, en andenes amplios para los peatones, pero todo en el marco de la integralidad. Es decir, ampliar los andenes no es una solución, puesto que está generando un problema mayor.

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