Por la necesidad de comer

Editorial
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Un comedor situado a menos de un kilómetro del puente Simón Bolívar, el principal paso de la frontera colombo-venezolana, es una luz de esperanza para más de 4.000 ciudadanos de ese país que a diario cruzan la línea limítrofe para almorzar y, con suerte, llevar algo para sus familias.

Es la Casa de Paso de la Divina Providencia, ubicada en una zona residencial de Villa del Rosario, municipio del área metropolitana de Cúcuta, donde la muchedumbre llega a buscar un plato de comida, que en la mayoría de los casos es el único que consumen en el día, una titánica tarea para los benefactores que los alimentan de lunes a sábado.

Las filas se alargan hasta un parque situado a dos calles del lugar donde la gente espera, bajo el inclemente sol que hace rodar gotas de sudor por el rostro de niños y adultos, el turno para poder entrar a almorzar.

En platos de todos los colores se sirve la comida: arroz, lentejas, carne desmenuzada y yuca, una porción generosa que desde el más joven hasta el más anciano comen con gusto y agradecimiento y para acceder a esos alimentos los venezolanos tienen que caminar ocho cuadras; en fila, a pie todos los días desde San Antonio del Táchira, paso fronterizo
Colombia ha sido protagonista en este drama humanitario que viven los hermanos venezolanos, en un momento muy complicado para su país por la crisis política, social y económica que el régimen de Nicolás Maduro se niega a reconocer, nuestro país se ha distinguid por cumplir con la ayuda humanitaria que se requiere en estos casos.

La idea del comedor surgió en 2017 cuando, inspirado en el mensaje papal de ayudar a los migrantes del mundo, el sacerdote colombiano José David Cañas Pérez, de la Diócesis de Cúcuta, quiso poner su grano de arena para ayudar a los venezolanos que llegaban a Colombia; a su iniciativa se sumó gente de Cúcuta y el gremio del calzado, una industria fuerte en la ciudad, y el sector de las confecciones, empezaron a aportar almuerzos, cuenta el sacerdote.

Sin embargo, todo cambió el año pasado cuando el Programa Mundial de Alimentos, PMA, de la ONU, comenzó a ayudar con mercados para preparar la comida. En ese sentido hay tres tipos de personas que asisten en el comedor, que es apoyado también por la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional, Usaid.
Unos son voluntarios de la iglesia católica que se acercan a ayudar en lo que se pueda; otros son venezolanos, que van vestidos con camisetas vinotinto y azules y reciben un plato extra de comida al final del día por su trabajo, y el último grupo es el de contratados por el PMA, expertos en el manejo de los alimentos.

En esa especie de refugio los venezolanos consiguen la recompensa por esperar durante horas en el calor infernal de esta región: un almuerzo completo y una carpa que les protege de los rayos del sol, todo gracias a un sacerdote que está dispuesto a darle alimento a quien lo necesite

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