Las credenciales para ser alcalde

Editorial
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En este año de elección de Alcaldes no conviene dejar para más tarde las reflexiones necesarias sobre los problemas, las necesidades, y las soluciones requeridas para que todo sea mejor en la vida cotidiana de la ciudad, la aldea o la vereda de cada quién.

También hay que ir viendo las credenciales de quienes se comienzan a asomar con la pretensión de llegar a los gobiernos locales.

Las alcaldías no pueden ser refugio de políticos derrotados ni trampolín hacia destinos ajenos a los intereses municipales. Quien aspire a gobernar un municipio debe presentar mucho más que su nombre y su figura a consideración de los ciudadanos. Hay que auscultar las calidades y la vocación de quien participe en el concurso público por la Alcaldía y apreciar su conocimiento, su experiencia, su participación en el manejo de problemas específicos y su fidelidad a la causa de la localidad que aspira a gobernar. Especial atención y examen merecen quienes de pronto, en gesto inusitado, se proponen llegar al gobierno local, cuando a todas luces su trayectoria y sus intenciones políticas tienen origen y destino diferentes.

Ciudades y aldeas de Colombia han pagado caro el precio de haberse ilusionado con la irrupción local de figuras públicas que siempre se interesaron por otras cosas y resultaron de la noche a la mañana elegidos alcaldes. Ahí se ha visto cómo se dedican al aprendizaje y a la improvisación a costa del tiempo y los recursos de los ciudadanos. También se ha presenciado la puesta en marcha de proyectos que obedecen a caprichos propios o de programas dictados por otros. Y se ha venido a saber que llegaron a las alcaldías y se fueron de ellas con la mirada puesta en otros destinos.

No basta con que alguien haya demostrado inteligencia o astucia en la vida pública o en competencias electorales respecto de otros temas y en otras dimensiones, para que se le considere como posible buen alcalde. La escogencia de candidatos sobre la base de esas consideraciones resulta contraria al avance de la democracia local. También resulta irrespetuosa con la ciudadanía y con los deberes propios del avance de nuestra vida municipal. Desafortunadamente nuestro atraso político y democrático es de tales proporciones, que los partidos, remedos de partidos, o lo que quede de ellos, no se ocupan de los asuntos municipales más que a la hora de las elecciones y su aproximación al tema se concentra en los cálculos sobre personas, en lugar de las propuestas de programas que sean consecuentes con un credo político, una idea de sociedad o un propósito debatido o al menos conocido de antemano por la ciudadanía.

Escogido el candidato, por el camino que sea, se comienzan a inventar programas, a la carrera, con el concurso de mosaicos de expertos que ayudan a formar colchas de retazos. La discusión y los debates se centran en los mismos asuntos de siempre. La agenda la ponen los publicistas, interesados en vender un producto. Con la ayuda del clientelismo, distritos y municipios pueden quedar en manos de un campeón de feria que se encarga de contratar, mandar, desmandar, improvisar, planear, invertir, cuando no despilfarrar, como si los cuatro años de su gobierno fueran el ejercicio de una oportunidad única y aislada de hacer lo que le parezca.

Ya que los partidos no lo hacen, la ciudadanía, que es la que nombra, y en quien reside el poder, debe avanzar y buscar, cada vez con más rigor, personas que puedan demostrar una trayectoria de conocimiento, reflexión, experiencia y acción en el manejo de los problemas municipales.

El futuro de las ciudades y del Caribe tal vez requiera que, por encima de la militancia partidista, la ciudadanía ejerza a tiempo su poder de selección. En cada uno de los distritos y municipios de la región se debería llevar a cabo un examen cuidadoso de los aspirantes, y pedirles a los alcaldes salientes que, con base en su experiencia y su visión, contribuyan al proceso de desarrollo de cada municipio con sus comentarios y recomendaciones sobre lo que creen necesario hacer. Con lo cual pasarían mejor a la historia.

El ejercicio se debe concentrar en la trayectoria y las propuestas frente a los requerimientos específicos del destino de cada distrito o municipio, por encima de las consideraciones típicas de los agentes políticos tradicionales. Una vigorosa dedicación al  análisis de las condiciones de los aspirantes, de su trayectoria y de sus propuestas, para votar a conciencia, permitiría a los ciudadanos aprovechar esta nueva ocasión de ejercicio del poder que cada uno tiene con su voto.

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