Protegiendo a terroristas

Editorial
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Este fin de semana una noticia tuvo mucha repercusión mediática en Italia: el terrorista Cesare Battisti, fugado desde 1981, fue sido detenido en la ciudad boliviana de Santa Cruz de la Sierra y está a la espera de ser extraditado.

Miembro del grupo Proletarios Armados por el Comunismo, PAC, una de las muchas organizaciones marxistas-leninistas que, en los años setenta, ensangrentaron el país transalpino, está acusado de pertenencia a banda armada, atracos y cuatro homicidios, realizados entre 1977 y 1979, recuerda Matteo Re, profesor del Máster en Análisis y prevención del terrorismo de la Universidad Rey Juan Carlos en su artículo de opinión.

Battisti se encontraba en Bolivia tras haber abandonado Brasil, país en el que residía desde 2004. Las palabras del nuevo presidente brasileño, Jair Bolsonaro, afirmando querer romper con la red de ayudas de las que el terrorista italiano había gozado durante años, le hicieron tomar la decisión de desaparecer. En efecto, cuando el Tribunal Supremo brasileño ordenó su extradición, allá por 2009, el entonces presidente, Lula da Silva, no solo se opuso a dicha medida legal sino que le concedió a Battisti el estatus de refugiado político.

Antes de refugiarse en Brasil, Battisti se había cobijado en Francia, tras una breve estancia en Méjico. La doctrina del entonces presidente francés Francois Mitterand, de la que -por cierto- se beneficiaron muchos etarras en ese mismo periodo, le permitió quedarse en el país vecino sin mayores preocupaciones hasta 2004, agrega Re.

También le llegaron ayudas por parte de algunos políticos de la izquierda francesa. Una de las pocas voces discrepantes fue la de Manuel Valls quien, en una entrevista de 2004 en Le Nouvel Observateur, se quejaba por la complacencia hacia la violencia presente en la izquierda francesa. Criticaba ese espíritu romántico revolucionario que incluía en esa gran familia a toda la extrema izquierda, incluyendo a los terroristas.

Las palabras de Valls recordaban al “álbum de familia” que la periodista italiana Rossana Rossanda (activista de la izquierda extraparlamentaria) había citado, acusando al entorno en el que ella también militaba de ser cómplice (aunque fuera solo ideológicamente) de la organización terrorista Brigadas Rojas.

En Francia, Battisti se convirtió en un escritor de éxito, publicando novelas policiacas y recibiendo el apoyo incondicional de intelectuales del nivel de Bernard-Henri Lévy, Fred Vargas (ganadora del premio Princesa de Asturias en 2018) y Philippe Sollers. El antiguo axioma según el cual “en toda responsabilidad individual hay que discernir una corresponsabilidad social” ha ido caracterizando las actitudes de quienes se muestran indulgentes hacia estos terroristas, mientras que invocan sumo rigor para criminales comunes o políticos corruptos.

En Italia, entre el 11 y el 17 de febrero de 2004, la revista online Carmilla recogió 1.500 firmas de apoyo a Cesare Battisti. Destaca el refrendo de escritores como Sandrone Dazzieri, Tiziano Scarpa, Valerio Evangelisti, Massimo Carlotto o del autor de Gomorra, Roberto Saviano, (que, sin embargo pidió expresamente que se quitara su firma en 2009), de la cubana Karla Suárez o del francés Daniel Pennac, del filósofo Sergio Agamben, del dibujante Vauro (dibujos suyos aparecieron también en la revista El Jueves), de los periodistas Ugo Tassinari o Sandro Provvisionato, de profesores universitarios y de actores.

En ese mismo año 2004, una vez terminado el largo periodo de protección política amparado por la doctrina Mitterand, Battisti abandonó Francia y huyó a Brasil, considerando que el gobierno de ese país le protegería. En efecto, tal y como hemos visto, en 2009 logró el estatus de refugiado político, una decisión que provocó tensiones diplomáticas entre Italia y Brasil. Ahora, con la investidura de Bolsonaro, y el nuevo rumbo que ha dado la política brasileña, parece que la fuga de Battisti ha llegado a su fin.

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