El último patriarca yanqui del Siglo XX

Editorial
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Un presidente errático, inexperto e improvisador, hace ver como estadistas a sus predecesores, a pesar de sus defectos. Así, la gestión de Donald Trump convertiría en una especie de gigante a George Bush padre, quien acaba de morir luego de casi cien años de vida típica de patriarca estadounidense del Siglo XX.

Es por ese camino que irrumpen figuras pretéritas y despiertan las añoranzas de unos años que, sin perjuicio de los pesares y tragedias que trajeron, aparecen hoy como destilados de virtudes. Como es el caso de Bush padre, jefe de un verdadero clan político que puso dos presidentes en la Casa Blanca, un gobernador en la Florida y otra vez un precandidato republicano a la presidencia. 

George H.w. Bush hizo una carrera que resultaría envidiable para muchos estadounidenses, pues llenó todos los espacios que los miembros de la clase dirigente tradicional de ese país hubieran querido y podido llenar. También fue capaz de reproducir, y dejar como herencia, factores de poder conforme a los más puros ideales de esa nación que se independizó de los ingleses pero reitera con frecuencia cierta fascinación por las dinastías.

Como WASP por excelencia, esto es “blanco anglosajón protestante”, nació en Massachusetts y creció en Connecticut. Asistió a las escuelas exclusivas, impresoras de carácter, a las que tenía que asistir. Al terminar ese ciclo, y a raíz del ataque a Pearl Harbour se alistó, como corresponde, en la Marina de los Estados Unidos, que lo entrenó como piloto naval. Entonces obtuvo, merecidamente, las credenciales de combatiente de la Segunda Guerra Mundial, indispensables como parte de la formación personal para la carrera política de los de su generación.

Con su aureola de guerrero cursó economía en la Universidad de Yale en dos años y medio, en lugar de cuatro. Allí, además de descollar en los deportes, otra credencial indispensable según las reglas no escritas del éxito dentro de la elite de su tiempo, fue miembro de sociedades secretas, de las que habían sido también partícipes personajes como el propio Teodoro Roosevelt, el que se tomó Panamá. Después vino la cuota de emprendimiento, que llenó con suficiencia al trasladarse a Texas y fundar su propia empresa petrolera, que lo hizo millonario a los cuarenta años, justo a tiempo para financiar su incursión en la vida política.

A partir de entonces formó parte de la elite republicana que creció bajo la sombra de Eisenhower y formó parte del círculo de Richard Nixon. De ahí que ocupó todos los cargos que debería ocupar un yanqui de pura cepa en el camino hacia la presidencia. Fue congresista en la Cámara de Representantes, Embajador ante las Naciones Unidas, Presidente del Comité Nacional Republicano, Embajador en China, Director de la CIA y aspirante a la nominación republicana a la presidencia. Ronald Reagan, después de derrotarlo, lo designó Vicepresidente. Entonces quedó de primero en la fila y llegó a la presidencia al derrotar a Michael Dukakis, el hijo de inmigrantes griegos que había llegado a ser Gobernador de Massachusetts.

La presidencia de Bush resulto como debía ser. La inercia del periodo de Ronald Reagan había dejado servidos los ingredientes de lo que tenía que pasar. El mismo impulso apenas alcanzaría para cuatro años, antes de que se cerrara la era, con el retorno de los demócratas en torno al juvenil Bill Clinton, que a propósito evocaba a JFK. Como presidente, cargado de todas las experiencias necesarias, consiguió los éxitos y tuvo los fracasos que merecía, además de los que trajo el destino, como suele suceder.

Recién llegado cayó el Muro de Berlín y se derrumbó el bloque soviético. Cambios trascendentales de los que apenas fue espectador. Mientras se comprometía con una “América mejor educada”, anunciaba la conquista de Marte y emprendía políticas de beneficio social, no tuvo reatos para ordenar, como cualquier Teodoro, una intervención militar en Panamá. La guerra contra las drogas la había dejado pendiente como vicepresidente. Ahora desató la tragedia de la primera Guerra del Golfo, de la que salió airoso en apariencia, gracias tal vez a los medios, que se encargaron de transmitir en directo las acciones presentables y comentar los resultados. Pero Sadam Hussein siguió en el poder. La idea de establecer en Irak una democracia como la de los Estados Unidos no fue posible. Lo que sí fue posible fue la presidencia de su hijo, ocho años más tarde, y por dos períodos, fruto del poder del mismo establecimiento que les patrocinaba.

A pesar de que pueda ser visto como un presidente pragmático y de transición, las credenciales de la carrera política de George H.w. Bush permiten hacer, en blanco y negro, una comparación dramática con las del actual gobernante. Entonces se puede ver cómo sus equivocaciones y fracasos fueron apenas los que corresponden al destino de su país, que por interpretación de la elite a la que perteneció se ha sentido llamado a liderar causas no siempre acertadas ni exitosas. Por eso, a la hora de su muerte, luego de un retiro discreto, y del ejemplo de no haberse metido en controversias que no le correspondían, para los estadounidenses de hoy, y para los observadores y los damnificados de las operaciones actuales, es posible entender mejor la magnificación de su imagen con motivo de su partida.