Podría ser peor

Editorial
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Estados Unidos no tiene ningún plan de cambiar su política antagonista hacia Cuba bajo el mandato del nuevo presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, y las relaciones entre los viejos enemigos de la Guerra Fría podrían incluso empeorar en los próximos tres años.

Díaz-Canel se convirtió en presidente de Cuba y permanecerá en ese cargo al menos hasta el próximo congreso del Partido Comunista (PCC, único legal) en 2021, el mismo año en el que termina el primer mandato del presidente estadounidense, Donald Trump. El primer líder cubano sin el apellido Castro en seis décadas deberá, por tanto, manejar una compleja relación con Trump, que ha congelado el proceso de normalización iniciado por el exmandatario Barack Obama y ha restringido el comercio y los viajes a la isla.

Quienes siguen de cerca la relación bilateral creen que podría incluso tornarse más tensa en los próximos meses, debido a la combinación en el entorno de Trump de su nuevo asesor de seguridad nacional, John Bolton, y el nominado como secretario de Estado de Estados Unidos y actual director de la Cia, Mike Pompeo. Ambos han adoptado una línea dura ante Cuba: Bolton llegó a acusar falsamente a la isla, en 2002, de poseer un programa de armas biológicas de destrucción masiva, y su llegada este mes a la Casa Blanca alarmó a La Habana.

La combinación entre ese nuevo equipo de exteriores y la influencia sobre Trump que tiene Marco Rubio, un senador republicano de origen cubano que defiende a ultranza el embargo, podría espolear nuevos gestos hostiles de la Casa Blanca. Las posibilidades de una línea más dura hacia Cuba son mayores que nunca.

Tanto Pompeo como Bolton han sido extremadamente críticos con Cuba, así que se podría perfectamente ver una política estadounidense aún más hostil hacia Cuba en los próximos meses. Bolton podría llenar el Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca con funcionarios que piensen como él, y eso abre la posibilidad de un mayor antagonismo.

El grado de influencia de esos funcionarios será decisivo, porque la política de Trump hacia Cuba responde a una promesa de firmeza ante los Castro que hizo en la recta final de su campaña electoral en 2016 al núcleo duro anticastrista en Florida, un estado clave. Trump demostró esta semana que, a pesar de su escaso peso demográfico, aún considera importante a esa base de votantes en Florida.

Sin esos cálculos de Trump respecto a su base electoral y las negociaciones que ha tenido con Rubio para lograr su apoyo en otros temas, no se explica la importancia que ha dado su Gobierno a Cuba, un país de escaso valor geoestratégico para Estados Unidos hoy en día.

Este último año, la isla ha ocupado un nivel de atención que es incongruente con los retos que Estados Unidos ha priorizado en otras partes del mundo.

Una única razón para la esperanza es la insinuación de Pompeo, durante su audiencia de confirmación ante el Senado la semana pasada, de que Estados Unidos podría reforzar su equipo diplomático en La Habana. Solo hay diez funcionarios en el enorme complejo diplomático estadounidense en el malecón, porque Trump decidió dejar bajo mínimos esa embajada en respuesta a los supuestos ataques sónicos sufridos por funcionarios de su país.

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