Fin de la ideología y el terrorismo

Editorial
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A 25 años de la captura de Abimael Guzmán, Perú vive hoy libre de la violencia y la ideología que alimentó las acciones de terror de Sendero Luminoso, ideología que sin embargo aún es presentada como un temible fantasma al acecho por amplios sectores de la sociedad y la política peruana.


El 12 de septiembre de 1992, un operativo de inteligencia policial irrumpió en la guarida de Guzmán en Lima y arrestó al líder terrorista y fundador del movimiento, lo que constituyó el principio del fin de una organización criminal que a principios de los años 80 inició una guerra contra el Estado peruano que causó decenas de miles de muertos y devastó el país.

Juzgado y condenado junto con su cúpula, Guzmán ha podido ver desde la cárcel como su banda se redujo a un grupúsculo que opera ocasionalmente en las profundidades de la selva, más vinculado al narcotráfico que a la revolución global que preconizaba el autodenominado “presidente Gonzalo”, del que ahora reniegan.

Todo Perú celebra la captura de Guzmán y su efecto tanto simbólico como real en la derrota de Sendero Luminoso; si bien persisten diferencias a la hora de interpretar la vigencia de su ideología, su capacidad para resurgir y la pervivencia de su influencia social, política y económica.

La vigilancia y tensión con la que políticos, gobierno y medios de Perú ven cualquier actividad política de algún simpatizante de Sendero, como el grupo Movimiento por la Amnistía y Derechos Fundamentales, su heredero ideológico y de minúscula simpatía pública, habla de la pervivencia del fantasma más que de la ideología en sí. Esta posible vigencia estuvo en boca de todos durante la reciente huelga de maestros que paralizó la educación pública durante dos meses, a cuyos líderes, el Gobierno del presidente Pedro Pablo Kuczynski acusó de estar vinculados a Sendero, algo que fue considerado por muchos como un intento de desprestigiar a los profesores.

Después  de tanto terror y violencia  ha quedado una especie interesada en el cultivo de la amenaza del senderismo para explicar o justificar algunas acciones. Es difícil que surja un movimiento como el que encabezó Guzmán, que estaba anclado en su figura; si bien puede haber un pequeño movimiento que intente rescatar algo de la ideología de Guzmán, algo que de ningún modo tiene lugar en la vida democrática del Perú, la solución no pasa tanto por reprimirlo como por ser despierto y enseñar todo lo que pasó.

Y además, aunque el Estado no se haya preocupado mucho por hacer bien las cosas y eliminar las raíces sociales del conflicto, en las comunidades donde Sendero pudo asentarse durante algún momento, ya saben muy bien qué valor tienen esas promesas ideológicas, ya que sufrieron muchísimo. Ellas recuerdan mucho más que los ciudadanos de Lima.

Según el informe de la Comisión de la Verdad, entre 1980 y 2000 murieron en Perú unas 70.000 personas, la mayoría a manos de Sendero Luminoso, pero más de 20.000 a manos de las Fuerzas de Seguridad del Estado, de las que apenas unas 700 eran militantes de grupos subversivos. La captura de Guzmán fue el principio del fin y  marcó la desarticulación política y militar del grupo ya que  el operativo contra Guzmán, la forma y la ejecución de una estrategia de inteligencia policial, que no fue la estrategia de la guerra sucia, es la estrategia democrática contra el terrorismo.

La detención  de Guzmán, respetando la vida incluso del que declaró la guerra al país y lo desangró, ha permitido que Guzmán pueda mirar desde prisión la derrota que sufrió y la de su proyecto totalitario.


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