En cada sonrisa que da tu rostro,

veo germinar al sol en tus labios,

y con los ojos cerrados me postro

ante la beldad que te regaló Dios.



Te beso en la boca y brilla la lumbre,

me miras tan tierna como aquel ángel,

que a orillas del mar pronunció mi nombre, cuando acaricié si medida tu piel.



Las aves pescan y los peces huyen,

las olas se llevan los sueños vivos,

mas, tus ósculos sin medida fluyen

al sentir todos mis besos furtivos.



Aún sin frío te siento tiritar,

asida a mi pecho las olas quiebras,

quisquillosas aguas, que en cada tronar

de mil rayos, a tu placer vertebras.



La playa morena, tu piel abraza,

tu piel morena, mi piel acaricia,

mi caricia morena, tu ser traza,

tu trazo moreno, mi ser envicia.

¡Llueve!
Truenos y relámpagos,
mojar tu cuerpo implora,
así el cielo nublado, llora.

Tus brazos francos,
el inmenso campo te acoge,
por el prado te deslizas,
la lluvia busca tu rostro
y tú, el aroma a tierra húmeda.

Para mí no son gotas de lluvia,
son pétalos de rosas que caen,
rosas que empapan tu cuerpo,
cuerpo de ninfa, mujer hermosa.

Tu vestido se transparenta,
tu cuerpo aparece brillante,
la lluvia al mirarte se excita,
y su deseo queda latente.

Miro, te admiro y me agito,
tu hermosura me estremece,
la lluvia pertinaz mi cómplice,
amo la lluvia, sí, la amo,
desde que mojó tu cuerpo!!


AUTOR: RAMIRO YÉPEZ GONZÁLEZ

El triste momento de la despedida, 
media vuelta en búsqueda de la salida, 
por mi mejilla rodó una lágrima 
y el pensamiento se hundió en la sima. 

La magia de haberte conocido,
en controversia con el triste adiós, 
por largas horas me mantuvo ido 
y volverte a ver, sólo le pido a Dios! 

La inigualable primavera está presente,
el trinar de los pájaros se oye en el puente, 
las preciosas hojas y rosas llenan la fuente 
y tu hermosa sonrisa aún está latente.

¡No sé cuándo volveré a verte! ¡No lo sé! 
¡El dolor de la ausencia ya lo sentí! 
¡No sé cuándo volveré a verte! ¡No lo sé! 
La triste pena me deja… ¡una lágrima por ti!! 

 
AUTOR: RAMIRO YÉPEZ GONZÁLEZ 

 
 

No te conozco, pero te siento,
no sé cómo eres, pero me encantas,
no te veo y lo lamento,
estás muy lejos, pero me cantas.

Entre las rocas destempladas yazgo,
acariciando el ósculo de tu mirada,
como largas notas del azar hallazgo,
en la cálida noche de amor, soñada.

Densa niebla y cortina de humo,
inundando el bar de copas al aire libre,
sarcástico olor por el cual me esfumo,
evitando sonreír al insulso destino pobre.

Sin afanar su marcha el reloj se burla,
pasan las horas y el buque no encalla,
cae la noche escuálida y maloliente,
mientras el frío cala hasta en mi mente.

Levanto mis ojos clamando al infinito cielo,
acabe por fin con el insoportable hielo,
conteniendo el aliento enciendo la lumbre,
y miro a las estrellas escribir tu nombre.

No sé si embarcarme, no sé si huir,
la noche envidiosa me obliga a partir,
mi corazón delirante en tu puerto recuerda,
mientras este amor palpitante contigo se queda.

AUTOR: RAMIRO YÉPEZ GONZÁLEZ

Vuela, vuela alto gaviota querida,

el viento te guíe en tu blanco vuelo,

copando el azul cielo en tu partida

y abandonando en tu giro mi suelo.



Quizá la mañana te traiga al tiempo,

adornado de esperanza y cariño,

deje a tu alma viva sin contratiempo

y vibre tu ser cual mano en corpiño.



Al llegar al mar atrapes la pasión,

esa que dejas perdida en la playa,

sin besos y caricias tras el portón

y el olvido que el alma nunca ensaya.



Te dejo partir sumida en las olas,

la espuma empuje tus alas heridas,

cure tu corazón y te ame a solas,

en el cielo de las nubes paridas.

Quise convertirme en rayo de luz
y soñé con tu cadera danzarina.
Te mueves sensual en el trasluz
y mi locura tenaz jamás amaina.



Invadiste mis sentidos y mis deseos,
sentí tu cuerpo y canela piel en mí,
me fui hasta la locura entre meneos
y al sentir tus flamas, en ellos ardí.



Nos perdimos entre besos y caricias,
azotes de fuego y volcán ardiente,
y, anclados entre fragantes acacias
nos dejamos el alma en la vertiente.



Fue esa noche que la luna te miró,
iluminó tu rostro bello en el cristal,
de mi ansiedad con descaro se burló
y dejó a mi sueño como un glacial.



Fría mi soledad se quedó varada,
en medio del éxtasis y tu olvido,
oratita noche de lujurias cansada
por el desgaste de ese beso huido.