Palo a las encuestas

A falta de dos semanas para las elecciones presidenciales en Colombia, el candidato del Centro Democrático, Iván Duque, lidera la intención de voto seguido por el izquierdista Gustavo Petro, mientras que Sergio Fajardo recorta distancias. Foto/EFE

Alianza El Informador - Semana
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En todas las campañas surge el debate sobre la validez de los sondeos, estimulado por quienes no salen favorecidos. ¿Qué hay de nuevo?

Cada vez que hay una campaña electoral se enciende el debate sobre las encuestas. Las campañas están pendientes de los datos de intención de voto para reclutar apoyos, cambiar discursos, definir regiones de trabajo y hacer coaliciones. Y la mayoría de los electores, por su parte, usan sus informaciones para tomar decisiones y definir su ‘voto útil’.

A pesar de la atención que concentran, las encuestas pasan por una mala racha de cuestionamientos. A nivel mundial, la incongruencia entre los resultados de los sondeos y el triunfo del brexit en Reino Unido han puesto en duda la capacidad de esos instrumentos. En Colombia, el palo a las encuestas tomó fuerza después del plebiscito por la paz. Entonces, en septiembre de 2016, la mayoría de ellas daban por seguro el triunfo del Sí, lo que evidentemente no ocurrió, así fuera por escaso margen.

En las elecciones de 2018 las redes sociales están ensañadas contra encuestas y encuestadores. Candidatos como Germán Vargas y Gustavo Petro han descalificado varias en las que no les va tan bien como esperan, y divulgado cadenas de falsas noticias sobre posibles manipulaciones de los datos. La polarización es tan alta, que muchos ciudadanos no pueden creer que le vaya bien a la candidatura con la que no están de acuerdo. Los ataques digitales a los encuestadores son tan duros, que incluso algunas de ellos han tomado decisiones extremas. Como en el caso de César Caballero, de Cifras y Conceptos, quien después de recibir amenazas por un pronóstico en el que se ajustaba la diferencia de Gustavo Petro e Iván Duque y subía la de Vargas, decidió romper su alianza para cubrir las elecciones con Caracol Radio. “Nuestro trabajo en el enrarecido ambiente político actual conlleva graves riesgos reputacionales. La discusión pública es condenatoria y poco constructiva, sobre todo en las redes sociales. Los ataques a las encuestas han pasado a ser personales, e incluso físicos”, señaló en un comunicado.

Parte de esa agresividad contra las encuestas y los encuestadores tiene que ver con el hecho de que la mayoría confunde su propósito. Las encuestas son mediciones asociadas a una fotografía del momento y no a pronósticos ni predicciones. No obstante, la gente suele esperar que estas adivinen lo que va a pasar.

Pero ahora, una nueva realidad lleva a que las mediciones se acerquen menos a las expectativas predictivas. Tiene que ver con la velocidad con que se mueve la información y con que se difunden los hechos con impacto social y político. Pablo Lemoine, vicepresidente de Innovación del Centro Nacional de Consultoría, reconoce que la instantaneidad mediática incide en una mayor volatilidad de la opinión en periodos cortos de tiempo. Por eso, como otros encuestadores, ha planteado la necesidad de eliminar la veda que existe en Colombia para publicar mediciones ocho días antes de las elecciones. En el caso del plebiscito, la campaña más agresiva del No tuvo lugar una semana antes de la votación. Y en el caso de las presidenciales, si bien durante los días previos a la elección los candidatos no pueden hacer proselitismo en plaza pública, las campañas suelen fortalecer la pauta publicitaria y hay debates diarios y televisados. Nada de eso queda registrado en la última encuesta. “La prueba de que la intención de voto puede cambiar con un acontecimiento le ocurrió a Iván Duque en pocos días, cuando ganó la candidatura del Centro Democrático. Entonces, en diciembre, pasó de 8 a 40 puntos”, afirma Lemoine.

Que las encuestas no pueden ser evaluadas por su capacidad predictiva, también tiene que ver con situaciones difíciles de controlar en los muestreos. Volviendo al caso del plebiscito, en esa oportunidad se presentó la mayor abstención de la historia reciente y, por si fuera poco, un fenómeno natural –el huracán Matthew– alteró el desempeño en la costa atlántica, una de las regiones que más votan.

Otra realidad, de tipo sociológico, agranda la distancia entre la fotografía de los sondeos y los resultados en las urnas, y por tanto dispara las críticas contra las encuestas. Se trata del ‘voto vergonzante’. El auge de lo ‘políticamente correcto’ en los discursos políticos y las olas de opinión en las redes sociales han hecho que muchos encuestados oculten sus verdaderas preferencias. En el caso del plebiscito ese ‘voto vergonzante’ afectó a aquellas personas convencidas de votar No, pero renuentes a confesar que no respaldaban un acuerdo de paz. Los encuestadores asocian este fenómeno al ‘espiral de silencio’, una teoría generalizada a finales de los años setenta, que parte de que los individuos adaptan sus posturas a las posiciones aceptadas por la élite o por las mayorías. Para identificar los espirales de silencio, los encuestadores deben hacer ajustes metodológicos a la hora de encuestar.

Por último, hay temas técnicos que pueden complejizar los muestreos. El principal de ellos, del cual se quejan algunas firmas, es que en Colombia no hay un censo actualizado que permita calcular con total exactitud los porcentajes de hombres, mujeres, jóvenes o habitantes rurales y urbanos que deben conformar una muestra. Además, el último censo se hizo en 2005 y el esquema de estratificación socioeconómica viene siendo reevaluado por expertos desde hace rato. En el caso de los encuestadores, usan el estrato como referente para saber si alguien es de clase media, baja o alta. Sin embargo, no todas las personas con capacidad adquisitiva viven en estrato 5 o 6, y no toda la clase media vive en estrato 3.

Con la masificación de las redes sociales, algunos insisten en que las encuestas deben acompañarse de etnografías digitales. Argumentan que en el mundo de internet es fácil determinar de manera más exacta las actitudes de la gente ante la política al observar a quién sigue, a quién le da ‘me gusta’ o a quién replica. Pero los encuestadores son escépticos: dicen que las redes distorsionan y que es más importante la intención de voto final que la forma como se informa la gente acerca de la política. Está todavía por verse cómo analizar el mundo digital en la opinión pública.

Por otra parte, está demostrado que las encuestas, además de indagar la opinión política, también la generan. No solo porque hacen candidatos viables o inviables, sino porque determinan olas de opinión. Cuando la gente se siente muy confiada de que su opción va a ganar, a veces no vota. Por eso, los expertos explican que la abstención en el plebiscito fue mayor en los departamentos más proclives al Sí. También puede ocurrir que al ver que su candidato no despega, las personas deciden votar por otra opción que consideran más viable. Pero esas repercusiones no tienen que ver con el objetivo central de los sondeos, el cual como a veces se olvida, es explorar la opinión colectiva en determinado momento.

Si en las elecciones del próximo 27 de mayo los vaticinios del sondeo se confirman en las urnas, Duque y Petro, por ser los más votados, se encontrarían en la segunda vuelta, prevista para el 17 de junio.
Si en las elecciones del próximo 27 de mayo los vaticinios del sondeo se confirman en las urnas, Duque y Petro, por ser los más votados, se encontrarían en la segunda vuelta, prevista para el 17 de junio.
La estrategia de campaña de Iván Duque le ha salido bien. Entre enero y marzo su intención de voto pasó de 9,2 por ciento a 45,9, una disparada poco común con la que se apoderó del liderato de la carrera.
La estrategia de campaña de Iván Duque le ha salido bien. Entre enero y marzo su intención de voto pasó de 9,2 por ciento a 45,9, una disparada poco común con la que se apoderó del liderato de la carrera.
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