¿Más samario que El Morro o tan samario como El Morro?

Ciudadanos confundidos y ‘corchados’

Informe Especial
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    “El que diga que es más samario que El Morro, es porque lo conoce más que a sus propios hermanos”.


Por: César Barrera
Redacción EL INFORMADOR
Fotos: Edgar Fuentes

Semánticamente la conclusión sería sencilla pues ¿quién podría ser más samario que El Morro? Si el emblema de la ciudad es el único samario por excelencia que ha sido testigo de los ataques de piratas, incendios, guerras internas, y demás actos soportados durante la época de la conquista e incluso la colonia. A lo mejor hay personas “tan samarias como el Morro”, pero difícilmente exista alguien que pueda serlo en grado superior al icono de la “Bahía más linda de América”, título que con el actual deterioro del Camellón ha ido perdiendo su gracia.

“Soy más samario que el Morro”, dícese de aquella frase quizás mal utilizada y expresada ‘folclóricamente’ por quienes aparentan sentirse orgullosos de haber nacido en Santa Marta, pero que desconocen la historia del islote, o peor aún, ni siquiera lo han visitado ni saben qué hay en esa imponente roca que engalana fielmente el panorama de la Bahía. Así quedó evidenciado en el sondeo más reciente de EL INFORMADOR, en el que los samarios literalmente ‘se rajaron’ con preguntas sobre esta reliquia. ¿Está bien que alguien quien no sepa cómo responderle a un turista cuando le pregunten sobre la historia de esta insignia, se autoproclame más samario que El Morro?

Examen callejero

EL INFORMADOR realizó un sondeo en las calles, eligiendo hombres y mujeres al azar para preguntarles: ¿usted qué conoce de El Morro o de su historia? Ante el interrogante, varios permanecieron por varios segundos en ese silencio incómodo y gaguearon a la hora de responder.

“Nada, no conozco nada”, dijo Rodolfo Esquea, quien al principio afirmó que era más samario que El Morro.

“He pasado por ahí en bote, lo miro desde lejos, pero no he llegado. El que diga que es más samario que El Morro es porque lo conoce más que a sus propios hermanos”, afirmó Miguel Silvera, samario de 62 años.

“No he llegado a El Morro. Uno vive en Santa Marta pero no conoce su ciudad”, apuntó Blanca Flor Pondi.

“No me considero más samario que El Morro. No conozco absolutamente nada de su historia, pero sí me gustaría”: Leo Caicedo, joven estudiante.

De las personas samarias entrevistadas, ninguna supo responder con exactitud al menos algo de historia, cosa que sí logró otro ciudadano manizaleño, quien lleva apenas dos años en la capital del Magdalena y se desempeña como vendedor. Su nombre es Wilson Arias y ante el cuestionamiento respondió: “Ahí quedaron las primeras cárceles de la ciudad, eran unos calabozos donde llegaban los españoles”.

Por su parte, Rosa Restrepo, nacida en Medellín, Antioquia, pero quien dice ser samaria por adopción por llevar 47 años de vivir en la ciudad, cuenta que para ella El Morro es una “reliquia cultural” y que solía sentarse en la Bahía a contemplarlo, pero que nunca ha ido hasta allá.


La entrada de los antiguos calabozos permanece cerrada por una oxidada reja de hierro, allí estaba la antigua cárcel según historiadores.

Opinión de un experto

José Alejandro Vanegas, licenciado en Filología e Idiomas, magíster en Administración Educativa, especialista en la Enseñanza del Español y la Literatura, autor de tres libros, columnista de EL INFORMADOR, quien además cuenta con una amplia trayectoria como docente en universidades y colegios, explicó su percepción sobre el caso entre ser “más” que, o “tanto” como, al analizar la frase del titular de este escrito.

“Hay claras diferencias. Cuando decimos soy ‘tan’ samario como El Morro, estamos estableciendo una comparación, El Morro es samario, yo también soy samario, pero la persona que diga ‘soy más’, está pensando en dejar sentado que más samario que él no hay nadie, ni siquiera El Morro”, indicó Vanegas. 

“La palabra más es un adverbio de cantidad y de superioridad. Cuando decimos ‘soy más samario que El Morro’ estamos dejando en claro que hay un grado de superlatividad sobre él. En cambio cuando se dice ‘soy tan samario como El Morro’, la palabra ‘como’ ya es una comparación, se está diciendo que hay cierta igualdad. Considero que ambas expresiones son correctas. No obstante, lo que sí habría que cuestionar es que quien dice que es más samario que El Morro, en realidad no lo comprueba ni lo deja ver, porque no le interesan muchas cosas de la ciudad”, agregó.

“Quien diga soy más samario que El Morro, debería conocer a fondo Santa Marta y comprometerse con su desarrollo. Si esa persona se detuviera a pensar en lo que está diciendo, a lo mejor no expresaría de esa forma su sentimiento, pero lo hace de manera folclórica. Muy penoso es que un turista nos pregunte algo de la ciudad y no sepamos decirle con claridad lo que es nuestro terruño”, concluyó José Vanegas.La torre del Faro, de cuatro pisos, sobre la base de las ruinas de la batería alta de Santa Ana.

¿Qué hay en El Morro?

A tan solo 2.5 kilómetros de la Bahía de Santa Marta, permanece imponente y vigilante el símbolo de la ciudad. Su atractivo genera curiosidad, pues muchos lo aprecian desde lejos, pero pocos saben qué es lo que hay en el islote.

A pesar de los años, el baluarte samario que ha sido testigo de los cambios del Camellón, se conserva aún en medio de las ruinas de las habitaciones y mazmorras utilizadas por los españoles para la guarda de reclusos, torturas y castigos en otrora.

El recorrido en lancha para llegar hasta allí podría tardarse entre 6 y 10 minutos, saliendo desde la Marina de Santa Marta o desde el espolón situado cerca del Puerto. El acceso hasta el sitio es limitado, pues no está abierto al público en general y se mantiene custodiado por la Armada Nacional y la Autoridad Marítima, Dimar. Quienes deseen llegar deben solicitar un permiso especial.

Cuando se llega a la monumental roca, lo primero que se encuentra es un pequeño muelle con dos extremos delgados y tablas que facilitan el paso de las personas desde la embarcación hasta el inicio de las escaleras.


Para llegar hasta a lo alto, se debe pasar por el lado de tres habitaciones deterioradas, con algunas paredes cayéndose a pedazos, desgastadas por el abandono y la salinidad. Son cerca de doscientos escalones que se deben subir para situarse sobre el terreno plano construido con cemento que se encuentra antes de llegar a la cima, donde permanece el faro.

Desde la parte alta se ve perfectamente Punta de Aguja, Taganga, playa Lipe, el Camellón de la Bahía, el Puerto de Santa Marta, un espectacular panorama del Centro Histórico, entre otras playas. Allí se aprecian las mazmorras que fueron utilizadas según historiadores como prisión para la guarda de presos, torturas y castigos por el régimen español.

Asimismo, se pueden notar las ruinas del Fuerte del Morro que fue construido en defensa de ataques de piratas. De su estructura, solo quedan algunos ladrillos en pie. Por su parte, la entrada de los antiguos calabozos permanece cerrada por una oxidada reja de hierro.

Ya en la cima, se arraiga de forma imponente la torre del Faro, con cuatro pisos y una altura aproximada de 22 metros sobre la base de las ruinas de la batería alta de Santa Ana, que sumadas a la altura del Morro, hacen un total de casi 85 metros sobre el nivel del mar. De proyectos turísticos y de la recuperación del lugar mucho se ha hablado, pero nada se ha concretado.

Simple y sin gracia, así sería el panorama del deteriorado Camellón de la Bahía sin El Morro. Fotomontaje.
Simple y sin gracia, así sería el panorama del deteriorado Camellón de la Bahía sin El Morro. Fotomontaje.

¿Qué sería de Santa Marta sin El Morro?

Como Pescaíto sin La Castellana, como ‘El Pibe’ sin su melena, o como Carlos Vives sin Claudia Elena, así se vería la Bahía de Santa Marta sin El Morro.

El Camellón sin Rodrigo de Bastidas, el barrio 20 de Julio sin su Bonga, José De Los Santos Ariza ‘Balín’ sin su sirena, o como carnaval sin maicena. El Morro hace parte irrevocable del panorama de la ciudad.

Sería como diciembre sin ‘La Loca’, como bollo sin queso, como yuca sin suero, como mango biche sin sal ni limón. Es el samario por excelencia. Ha permanecido fiel y majestuoso ante las olas que le golpean diariamente. Es musa de los enamorados, compositores, escritores y poetas. Testigo de las lágrimas de tristeza y de las alegrías de los ciudadanos que solitarios se han sentado desde lejos a contemplarlo. Adorna los amaneceres y atardeceres de la ciudad ¿por qué entonces hay samarios que no valoran este emblema?

Ser “más samario que El Morro”, no es que dependa únicamente de haberlo visitado, pero si alguien se atreve a expresar dicha oración, es porque por lo menos sabe que El Morro es mucho más que una ‘simple’ isla rocosa y conoce algo de su historia. Se necesita llevar en las venas el amor y el sentido de pertenencia por la ciudad más antigua de Colombia y una de las más añejas de Sudamérica. Sentir pasión por el mar, la brisa, su gastronomía, su historia, su cultura y ¿por qué no? Hasta experimentar el sentimiento de alegría o tristeza por los buenos o malos resultados del Unión Magdalena. 

¿Se usted considera más samario que El Morro o tan samario como El Morro?