Un comedor es el refugio de los venezolanos en Santa Marta

Personas aguardan en la acera para ingresar al comedor San Juan de Dios, para obtener un plato de comida caliente.

Informe Especial
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La obra social de la iglesia San Juan de Dios se ha convertido en la única forma de sustento de decenas de ciudadanos del vecino país, quienes enfrentan la pena del éxodo y viven de la solidaridad que puedan encontrar en esta tierra ajena.

Por: Daniela A. García G.
Redacción EL INFORMADOR
Fotos: Edgar Fuentes / César Barrera

La estrecha acera frente al comedor solidario San Juan de Dios, una obra de la iglesia católica ubicada junto al templo del mismo nombre, en la calle del Río (carrera segunda) con Santa Rita (calle 22), en el Centro Histórico, parece un pedacito de Venezuela. Allí se concentran a diario decenas de ciudadanos del vecino país, quienes ahora habitan en Santa Marta. La razón del encuentro es sencilla: en el lugar reciben un plato de comida caliente, que muchas veces es el único que ingieren en el día.

Estas personas se van congregando en el sitio cuando el reloj marca las 9:00 a.m. Llegan con al menos tres horas de anticipación a aguardar su turno para recibir un almuerzo que les apacigüe el hambre. Aunque proceden del mismo país se conocen es gracias a esta espera matutina.

Todos coinciden en que salieron de su nación huyéndole a la crisis económica, esa que se suele graficar con estadísticas: una inflación de dos mil 660 por ciento en 2017 y un desabastecimiento que ronda actualmente el 70 por ciento. Sin embargo, a estos ciudadanos poco les importan esos números, se limitan a decir que en su país los sueldos no les alcanzaban para comprar los pocos productos que conseguían en los supermercados y que por eso pasaban hambre.

Tratando de dejar ese desolador escenario en el pasado, cruzaron la frontera por el paso de Paraguachón, llegaron a Maicao y de ahí siguieron hasta Santa Marta, con la esperanza de ser acogidos como hace 188 años ocurrió con uno de sus paisanos más conocidos: Simón Bolívar.

Pero después de los primeros días del furor de la vida nueva, la esperanza de encontrar en territorio colombiano un porvenir distinto al que los obligó a salir de su terruño se disipa y aterrizan sobre la realidad: acá también pasan hambre.



Los rostros

Carmen Navarro y José Arias, de 39 y 32 años, respectivamente, son una pareja de venezolanos que llegó a la llamada ‘Perla de América’ hace aproximadamente un mes, trayendo consigo a tres de sus ocho hijos.

Aunque decidieron emigrar de su país porque pasaban hambre, su realidad en Santa Marta no es muy diferente. Los esposos junto a los pequeños duermen diariamente en la calle, luego que la semana pasada fueran sacados de una casa abandonada en la que se refugiaban, ubicada en la calle del Río (carrera segunda) con la del Pozo (calle 18).

Sus niños de uno, tres y ocho años, padecen a diario de las inclemencias del sol que reciben por permanecer en las calles, pero sobre todo por la falta de una alimentación que les garantice un crecimiento óptimo. El más pequeño, incluso, pasa buen tiempo adormilado, como si le faltaran las fuerzas y energías para moverse.

“Somos de Falcón –un estado en el noroccidente del país vecino, que en otrora fuera uno de los más ricos gracias a la refinación de petróleo-. Nos vinimos con los niños más pequeños, los otros cinco los dejamos en Venezuela. Estar aquí ha sido muy duro. Solo comemos una vez al día, lo que nos dan aquí –en el San Juan de Dios-. Los sábados y domingos cuando el comedor no abre, pasamos hambre”, cuenta Navarro.

Ni la mujer ni su esposo han logrado conseguir trabajo en la capital del Magdalena. Él pide en las calles y ella sale a vender tinto. La madre cuenta que en ese negocio es tanta la competencia, que muchas veces le toca a si misma beberse el café ya frío.

De tanto bregar, consiguió que la niña, la de ocho años, la aceptaran en una escuela, a la que asiste sin el uniforme, los zapatos adecuados, ni cuadernos.

Similar es la historia de Adriana Hermoso, oriunda de Maracay, una ciudad cercana a la capital venezolana, una profesional de las relaciones públicas, de 32 años, quien llegó a Santa Marta en 2017 padeciendo de desnutrición.

La madre de un bebé de meses asegura que no ha conseguido trabajo pese a contar con el Permiso Especial de Permanencia, PEP, otorgado por el Gobierno nacional. La última vez que laboró fue como “albañil”, derribando junto a su esposo un muro, una tarea por la que ambos recibieron un pago de 50 mil pesos. A diario la pareja y el infante se sustentan gracias a la obra del San Juan de Dios.

“Le agradecemos mucho a la iglesia, y al padre, porque gracias a esto comemos. Esta ha sido la única ayuda que hemos recibido desde que estamos acá en Colombia”, cuenta Hermoso.

La obra

El comedor San Juan de Dios atiende a diario unas 250 personas; entre niños, mujeres, hombres y adultos mayores de bajos recursos; de las cuales 80 por ciento son venezolanas y 20 por ciento colombianas.

La obra es un esfuerzo de la iglesia, liderada por el padre Ramiro Núñez, capellán del templo San Juan de Dios, quien trabaja de la mano con la comunidad católica para brindarle atención a los más necesitados.

La labor es titánica. Se logra gracias a un equipo de unas 10 personas, entre ellas dos cocineras que inician su faena a las 7:00 a.m. y ocho colaboradores quienes ayudan a organizar y servir hasta la 1:30 p.m. Cada día son 40 libras de arroz y otras 50 de carne las que deben prepararse.

La semana pasada la tarea no fue fácil, tras la falta de carne, el equipo tuvo que resolver los almuerzos con pastas, granos y salchichones. Pero nadie se quedó sin comer.

El lugar no solo entrega platos de comida caliente, también pequeños mercados, medicamentos, pañales y fórmulas lácteas para niños; por lo que requiere de la colaboración de todos los fieles para mantener la labor.

Lo más valioso que consiguen quienes a diario acuden al comedor es apoyo, respeto, cariño, atención y guía espiritual, una herramienta que les permita acercarse a Dios y adquirir la fortaleza necesaria para luchar contra las dificultades.

En el pequeño recinto, de unos cuatro metros de ancho por 10 de largo, se debe atender a las personas en tres y cuatro tandas. Primero ingresan los abuelos y las mujeres con niños, luego el resto de los adultos. Una vez dentro, cada grupo bendice los alimentos, ora y hasta canta. El sitio representa un refugio por al menos 40 minutos.

  

El sacerdote afirma que cada día son más los venezolanos quienes se acercan en busca de ayuda, y no es de extrañar, puesto que al cierre del año pasado se estimaban en 16 mil los ciudadanos del vecino país asentados en Santa Marta.

“Estar aquí ha sido muy duro. Solo comemos una vez al día, lo que nos dan aquí. Los sábados y domingos cuando el comedor no abre, pasamos hambre”, Carmen Navarro, inmigrante venezolana.

Donativos

Los interesados en hacer donativos para contribuir con la labor del comedor San Juan de Dios pueden hacerlo en dicho lugar o el despacho de la capilla homónima, donde se reciben todas las ayudas.

Actualmente los productos que más se requieren son arroz, granos, carnes, pastas, panelas, pañales, leche y fórmulas lácteas. También es valiosa la colaboración que puedan prestar quienes quieran servir con la atención de los necesitados.

Carmen Navarro.
Carmen Navarro.
Adriana Hermoso.
Adriana Hermoso.
Padre Ramiro Núñez.
Padre Ramiro Núñez.
Personas rezan antes de recibir sus alimentos dentro del comedor San Juan de Dios, una obra de la iglesia católica.
Personas rezan antes de recibir sus alimentos dentro del comedor San Juan de Dios, una obra de la iglesia católica.
 Al menos 250 platos de comida se sirven cada día en el comedor San Juan de Dios.
Al menos 250 platos de comida se sirven cada día en el comedor San Juan de Dios.
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