La Santa Marta de la época

La Hamaca - Edward Mark

200 años de la Batalla de Boyacá
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Tal como está descrito en las crónicas del siglo XIX, la antigua Santa Marta era un poblado con escasa importancia geopolítica, sumida en una historia que la alza como la más vieja población fundada que aún permanecía y que poco o nada aportaba en ese entonces al progreso.

Así lo anotó en sus crónicas al francés Elisée Reclus, quien en 1825 escribió: “El interior de la ciudad no está en armonía con la magnificencia de la naturaleza que la rodea. Santa Marta es el primer establecimiento que los españoles fundaron en la costa firme granadina, y, a pesar de la antigüedad de este origen, a pesar de su hermoso puerto y de su título de capital del Magdalena, a pesar de la fertilidad de su explanada y de sus montañas, cuenta cuando más con una población de cuatro mil habitantes”.
Elisée Reclus (1830-1905)
                                                          Elisée Reclus (1830-1905)

Ese poco atractivo quizás no fue algo que los samarios del siglo XIX merecían tener, pero por la lejanía geográfica respecto a la vorágine de los acontecimientos desarrollados en la región Andina, hubo una implícita conveniencia a mantenerse ‘desconectada’ de los hechos, todo por la actividad comercial ilegal que había para sobrevivir”.

“Las primeras manifestaciones contra el régimen español, sorprendieron a Santa Marta en las mismas condiciones de aislamiento del contexto europeo de los siglos anteriores. La ciudad permanecía en su eterno letargo y a sus orillas no llegaban las ideas libertarias, gracias al irónico papel independentista de Cartagena, tuvo un relativo apogeo económico y portuario”: Álvaro Ospino Valiente.

Mientras las tropas libertadoras ultimaban los certeros golpes a los realistas, Santa Marta vivía su propio ‘realismo mágico’, casi que de espaldas al verdadero papel que una capital de provincia debía desempeñar.

Arraigo a una genealogía fallida

Para ahondar en las motivaciones que tuvo la Santa Marta del siglo XIX para renegarse a la rebeldía patriótica, la sociología entra en juego. Apreciaciones como la del historiador y bibliotecólogo, William Hernández Ospino apuntan hacia una especie de “arribismo regional” de la alta clase local, en pos de conservar una estirpe con ancestros ibéricos innegablemente desbaratada por el mestizaje.

En su ensayo ‘La independencia en Santa Marta - Último bastión realista del Caribe colombiano’, Hernández Ospino resalta: “El aguijón que más me incitó a escribir esta historia, es la sorpresa patente y descarnada que he vivido y comprobado durante diecisiete años de estancia en esta ciudad: los samarios siguen siendo realistas, y la élite social de Santa Marta añora su procedencia peninsular, y rechaza todo vínculo con la raza aborigen y con la raza africana. Incluso, una persona de color pardo o moreno, alega que su origen es: !España!”.

Recalca que: “El fenómeno social ha afectado el desarrollo integral de Santa Marta, pues, sus hijos refutan todo vínculo con esta tierra, y sotto voce, añoran las villas españolas de donde provinieron sus remotísimos abuelos”.

“!La raza española es un mito!, ya que los súbditos de España en tiempos de los celebrados Reyes Católicos, eran la confluencia de muchos pueblos del mundo. Ningún pueblo del planeta es el legado de una sola raza, sino que, para honor de todos los que estamos sobre este Orbis terrarum, somos la mezcla de múltiples razas”, remata Hernández Osino en su artículo de opinión.
La Cena Santa Marta - François Désiré Roulin
La Cena Santa Marta - François Désiré Roulin

Pero existen otras perspectivas diferentes a la presentada por el historiador plateño, está la de una “productiva conveniencia” que podían obtener las clases pudientes de Santa Marta mientras se encontraran más apartadas de los acontecimientos.

Respetados investigadores han coincidido con que esa inquebrantable lealtad hacia la corona española se podía traducir como una traición frentera hacia los propósitos independentistas.
Pero se ha podido establecer que más bien lo que prevaleció fue una conducta “pragmática” por quienes habitaban Santa Marta, donde la necesidad de mantener sus buenas relaciones económicas y comerciales la obligaron a mantener así.

El profesor universitario Juan Manuel Martínez Fonseca en sus escritos expone: “El puerto de Santa Marta es de los más importantes de la costa Caribe, pero en la época de la colonia se vio eclipsado por la influencia y preponderancia que alcanzó el de Cartagena en las relaciones mercantiles entre la metrópoli y el Nuevo Reino de Granada”.

“Una topografía de innumerables bahías y ensenadas, propicias para descargar contrabando, convirtieron a las regiones costeras en un punto de entrada permanente desde donde los mercados del interior podían obtener importaciones ilícitas”, cita el Anthony McFarlane de la Universidad de Warwick en Inglaterra, un investigador contemporáneo de la Santa Marta del siglo XIX.

Tal panorama obligó a que comerciantes y otro nutrido grupo de la población se dedicara a contrabandear, como medio de subsistencia, aprovechando el inadvertido papel que cumplía la estancada urbe.

Según el profesor Fonseca, los numerosos casos de contrabando que se presentaron en Santa Marta durante el período anterior al reglamento de comercio libre de 1778, se pueden explicar por varios factores relacionados con:

Las condiciones físicas del lugar aledaño al puerto, zona caracterizada por una topografía que facilitaba el acceso de embarcaciones con contrabando.

La estructura, España no contaba con industria para abastecer adecuadamente y con calidad las necesidades que tenían sus colonias de materias elaboradas.

La reducción en los costos, que se podía obtener de la adquisición de productos por vías ilegales, haciendo caso omiso de las reglamentaciones en materia de impuestos, para lo cual había mucho ingenio.

Las regiones de Santa Marta y Riohacha, además de compartir la imagen de plazas permisivas con el contrabando, tenían serias dificultades con el control de las comunidades indígenas pertenecientes a los grupos chimilas y guajiros.

De hecho, en el momento de la independencia, estas comunidades indígenas se pondrán del lado de los realistas y ayudarán a someter a Santa Marta; quizás esperaban recibir un mejor trato que el dado por el bando patriota en su momento.
Bongo Pueblo Viejo- Mark
Bongo Pueblo Viejo- Mark

Justa sanción

Como una manera de frenar el auge que tenía la capital de la provincia en 1776, el rey Carlos III dispuso que el puerto de Santa Marta pagara más impuestos, al igual que los de las islas de Cuba, Santodomingo, Puerto Rico, Margarita, Trinidad, Yucatán, Luisiana y la isla de Mallorca, convirtiéndolo en un puerto de menor importancia a razón de pagar 1.5 por ciento de impuesto tanto al salir de España, como para llegar al muelle samario.

Sin mucho que hacer, más que tratar de sobrevivir con la única actividad comercial en que sobresalía de forma ilegal. Santa Marta pasa a ser la antítesis de Cartagena en cuanto a su importancia comercial y económica, gracias además al grado que fue adquiriendo ‘La Heroica’, al instalarse allí un consulado.

“No cesaron las denuncias contra Santa Marta por comercio ilícito, pues a los comerciantes de Cartagena no les convenía que el comercio ilegal extranjero terminara con su hegemonía y control del comercio interior.

Poco a poco Cartagena se convirtió en una plaza con gran fortaleza militar y Santa Marta en una zona privilegiada para el comercio ilícito; no obstante, las respuestas de las dos ciudades en los momentos determinantes de la Independencia serán contradictorias”, afirma Martínez Fonseca.

En su libro ‘Santa Marta vista por viajeros’, el arquitecto e historiador, Álvaro Ospino Valiente, describe que a principios del siglo XIX empezó a abrirse una clandestina comunicación con las Antillas y a constituirse en escala el contrabando que pasaba a las provincias internas.

“Como Cartagena encabezó el movimiento, hacía una fórmula de gobierno con cierta autonomía dentro del imperio, primero, y luego a la independencia total, Santa Marta quizás decidió asumir una actitud contraria con la esperanza de reemplazar a su rival como potencia comercial en caso de que fuese restaurado el viejo orden”: Theodore E. Nichols, profesor de la Universidad de California.
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