Impertérrito y vigilante El Morro cuida la ciudad

Esta panorámica muestra la mole gigantesca de El Morro, cuya ínsula ha servido en más de millares de veces de inspiración a los poetas y escritores que visitan a Santa Marta. Los turistas se extasían contemplando el paisaje que enmarca con los arreboles de la tarde y el fondo azul de las aguas de la Bahía. El Morro, como cualquier persona humana, también ha sido calumniado: un cronista lleno de humor, un día anunció que se estaba hundiendo. Pero él en su soledad sigue tan campante…

Crónicas 60 años
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El 29 de julio de 1961, cuando Santa Marta arribaba a sus 436 años, EL INFORMADOR publicó una crónica sobre uno de los íconos de la ciudad: El Morro.

El periodista Álvaro Tovar Vergara se atrevió a contar lo que para entonces era una historia inédita: Cómo vivía el farolero que habitaba en la cima del ‘guardián’ de ‘La Perla’.

“Mucho se ha hablado de El Morro de Santa Marta. Los mejores escritores se han paseado a su alrededor y su sola presencia ha dado lugar a bellísimas notas publicadas en distintos periódicos y revistas del país y el exterior”.

Santa Marta cuenta, indiscutiblemente, con sitios de verdadera atracción turística, de lugares que, bien sea por su belleza natural o porque la historia los haya consagrado como importantes, sirven a los turistas para recrearse admirando las cosas bellas y sagradas. Las playas de Taganga; la bahía de Santa Marta, considerada como la más bella de América; la bahía de El Rodadero, a cuyo pie se levanta un montículo de arena con el mismo nombre; La Sierra Nevada, con sus famosos picachos blancos; esto en cuanto a bellezas naturales. Tenemos los sitios de atracción turística que constituyen verdaderas joyas históricas, como la Quinta de San Pedro Alejandrino, ‘La última morada del Libertador’, que fue testigo mudo de los padecimientos del ‘Genio de América’ y donde escribió su última proclama; y el Castillo de San Fernando.

Santa Marta en sí, es toda belleza. Toda inspiración. Aquí nuestros humildes pescadores son poetas que cantan a la orilla de una playa sus cuitas de amor a la mujer amada. ¿Y quién no?, si la ciudad está enmarcada por un maravilloso mundo que parece fantasía, pletóricos de colores que hacen de la ciudad una sintonía caleidoscópica.

Mucho se ha hablado de El Morro de Santa Marta. Los mejores escritores se han paseado a su alrededor y su sola presencia ha dado lugar a bellísimas notas publicadas en distintos periódicos y revistas del país y el exterior. Todos han visto en El Morro un lugar más, entre los bellos de la ciudad. Pero… ¿qué hay allí? ¿Qué tragedias y qué alegrías se esconden en esa roca que emerge altanera e impertérrita ante las embestidas del monstruo marino? Hasta hoy no se le había ocurrido a persona alguna averiguarlo.

Una de las misiones que nos fueron encomendadas, a solicitud propia, consistió en despejar esos interrogantes. Fue una tarde obscura. El sol, a consecuencia de una tenaz llovizna que había caído, estaba oculto. Pensamos que la situación nos era adversa por la falta de luz para señalar con gráficas, las realidades que allí existen. Sin embargo, emprendimos viaje hacia El Morro.

Una pequeña embarcación -alquilada- nos condujo hasta nuestro destino. Para llegar hasta la propia orilla se hace necesario un trasbordo a otra embarcación, más pequeña aún. Las olas golpean fuertemente la imponente roca. Nuestro guía gritaba repetidamente: “Sáanchez”. Allá en la cúspide divisamos una figurilla que movía los brazos solicitando el objeto de los gritos. Después de nuestra insistencia porque llegara al sitio donde nos encontrábamos (unos cinco metros de la orilla), Sánchez bajó cautelosamente y tomando su canoa, se acercó a nosotros. Le informamos nuestra misión y comentó: “Ustedes perdonen, pero es que aquí llega mucha gente a poner lata”. En su canoa, llegamos a tierra.

Para llegar al sitio donde están las instalaciones es necesario subir por una escalinata, construida por el mismo Sánchez. A mitad del camino hicimos una parada. Vimos un pedazo de hierro colgado con la siguiente leyenda: “Toque la campana”. A un lado una tabla, sobre dos troncos. También allí otra leyenda sobre la tabla: “Siéntese y descanse”. Nos llamó poderosamente este detalle. Recapacitamos un poco sobre su origen y nos dimos cuenta que, precisamente ahí, está la mitad del camino hasta la parte plana. Lógicamente la subida es agotadora y nada mejor que un breve descanso. Nuestro reportero gráfico aprovecha y toma algunas instantáneas.



Sentados sobre esa tabla iniciamos nuestro interrogatorio:

-¿Cuántos tiempo lleva en este puesto?

– Doce años largos, contesta rápidamente Sánchez.

- ¿Las autoridades o sus superiores no lo visitan?

- En los doce años que tengo de estar aquí –dice- no he recibido visita más que de turistas. El general Hernández Pardo, cuando era gobernador, estuvo por aquí mirando desde la embarcación, pero no bajó a tierra, o mejor dicho subió, porque aquí la cosa está arriba.


Luego nos informó su nombre completo, es Jenaro Sánchez, de 45 años de edad, natural de Popayán y casado con Ofilia Archivol, su compañera de siempre, con quien ha tenido siete hijos: Ligia, Silvio, Yolanda, Humberto, Fernando, Álvaro y Alonso. Los últimos cinco nacieron en El Morro.

Esta cisterna (aljibe) nos es muy útil –nos dice-. El agua cae allá arriba y luego por esta canal que yo mismo he hecho, entra a la cisterna. Cuando está lleno le cierro la compuerta y durante el verano nos abastece. Es muy buena el agua, mire….(saca en un recipiente y nos la muestra) sirve para tomar y para hacer los alimentos.

Se trata de una cisterna o aljibe, construido por los españoles. Más tarde por descuido varias bocas, por donde entraba el agua cuando llovía por medio de canales especiales, la llevaba al depósito y era almacenada y luego aprovechada en el verano. Esta cisterna, lo mismo que otra será puesta en servicio, fueron arregladas por Sánchez. “Sacar la tierra –nos dice- me llevó seis mees en cada cisterna”.

-¿Cuál es su sueldo? Le preguntamos.

-Miserables trescientos pesos que no me alcanzan para nada.

-¿Se los paga el departamento o la nación?

-Yo dependo de la marina. Soy un empleado de la Base Naval.

-¿Cómo hace para vivir con trescientos pesos mensuales, teniendo siete hijos?

-¿Pues imagínese? Aquí tengo que convertirme en maestro. Mire –nos mostró- esta es Yolanda, una de mis hijas. Y esta es Ofilia, mi señora. Tengo mucho gusto en presentársela. Ofilia, es una señora morena y poco comunicativa. Nació en Providencia (Islas), el castellano lo habla con dificultad, pese a que lo entiende perfectamente y puede expresar lo que desea. Su “fuerte” es el inglés. Los hijos de este matrimonio, desde el de cinco años de edad hasta la mayor, hablan ambos idiomas. “Ella les habla en inglés”, manifiesta Sánchez. “Pero como yo les hablo en español, han aprendido los dos idiomas”, agrega. “Pero a veces los mezclan”, termina diciendo.

Desde la parte alta se ve perfectamente Punta de Aguja, Taganga y otras playas. La edificación es muy amplia. Tiene sala, comedor y dos cuartos en la parte baja; en el segundo piso otro cuarto que es muy cómodo y que “ocupan los visitantes”, nos dijo Sánchez. “Aquí vienen muchos turistas y hasta se quedan por varios días”, nos dice.



- Aquí está el lente famoso (telescopio) –nos dice-. Pueden ver perfectamente, con él todo lo que acontece en la playa, en la ciudad y en los apartamentos de las ventanas abiertas…

- ¿Los turistas se interesan mucho por el lente?

- Uff…si cuando lo agarran no lo quieren soltar.

Subimos luego a la parte donde está instalado el faro. Dentro de un cuarto en forma de circunferencia cerrado con vidrios gruesos está la lámpara que trabaja con gas acetileno. Las características lumínicas –nos explica- son las siguientes: un segundo de luz, cinco de oscuridad, un segundo de luz, 13 de oscuridad. Ciclo total: 20 segundos. Visibilidad: 20 millas. Las características lumínicas son con el objeto de que el barco que pase o desee llegar, sepa en qué puerto está. Ellos –según explicó Sánchez- tienen una tabla lumínica.

- ¿Nunca le habían hecho un reportaje para la prensa?

- No, nunca. EL INFORMADOR publicó una noticia que la tengo allí pegada en un cartón para mostrársela a los visitantes. En ella se habla de El Morro, pero no dicen de las necesidades que tenemos que soportar aquí. Era cuando decían que se iba a hundir.

- ¿Y usted que pensó, qué sintió al conocer la noticia?

- Pues yo, como los buenos capitanes de barco, esperaba hundirme con toda la embarcación.

En otros lugares de esta página publicamos interesantes datos sobre este, nuestro primer viaje al mundo de Jenaro Sánchez: El Morro.



Del castillo de los españoles solo quedan ahora las ruinas en El Morro

Del castillo construido por los españoles en El Morro de Santa Marta, en la época colonial, solo quedan las ruinas. Algunos bordillos del ladrillo que indican que allí debió existir una construcción. El Morro, cuentan algunos, era un sitio precioso de recreo para los turistas españoles de entonces. Allí existía una edificación con varias alcobas y todas las comodidades. Los españoles construyeron dos grandes cisternas para almacenar el agua en tiempo de invierno y abastecer en las épocas de verano.

El Morro de Santa Marta dista dos millas de la plaza de Santa Marta. Tiene 884 pies lineales de longitud en la base o superficie del mar, por 504 de anchura. El área de la explanada arriba, a 200 pies de altura, es de 757 pies cuadrados.

Se puede comprobar que El Morro sirvió de cárcel antes y después de la independencia. El gobernador Juan Betín ordenó levantar las ruinas para defender la ciudad de los enemigos en la época colonial.

Muchos son los artículos que se han escrito sobre El Morro. Muchas son también las informaciones, entre estas recordamos la polémica adelantada aquí, cuando un etnólogo anunció que antes de un año El Morro se hundiría, desapareciendo del panorama samario. Pese a estas predicciones, El Morro sigue ahí, desafiante y altanero venciendo a su enemigo feroz: el mar, que no ha podido arrasarlo.

Esta crónica que ofrecemos hoy, la consideramos una primicia informativa. A nadie se le había ocurrido hacer lo que nosotros presentamos hoy: un reportaje a Jenaro Sánchez, el farolero de El Morro que, por un tiempo que sobrepasa los doce años, ha visto desfilar por sus alrededores, turistas, gobernadores, alcaldes, presidentes, ministros, periodistas, pero nadie se había preocupado de averiguar cómo vive él.



“El farolero de El Morro ha visto desfilar por sus alrededores turistas, gobernadores, alcaldes, presidentes, ministros, periodistas, pero nadie se había preocupado de averiguar cómo vive él”.

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