Pesca y soberanía

Crónicas 60 años
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Una crónica escrita por el capitán Francisco Ospina, ‘El Capi’, publicada por EL INFORMADOR el 24 de diciembre de 1964.Una crónica escrita por el capitán Francisco Ospina, ‘El Capi’, publicada por EL INFORMADOR el 24 de diciembre de 1964.

El texto relata las aventuras de este amante del mar a bordo de la lancha ‘Mónica’, en una travesía desde Santa Marta hasta La Guajira.El texto relata las aventuras de este amante del mar a bordo de la lancha ‘Mónica’, en una travesía desde Santa Marta hasta La Guajira.

‘El Capi’ habla de las bellezas naturales que se topó en el recorrido, de la estampa de la Sierra Nevada y los paisajes de la costa, así como de su éxito con la pesca. ‘El Capi’ habla de las bellezas naturales que se topó en el recorrido, de la estampa de la Sierra Nevada y los paisajes de la costa, así como de su éxito con la pesca.

Imagen del paisaje descrito por el capitán Francisco Ospina.


Por: Francisco Ospina

 

Recorrer la costa de Santa Marta a la Guajira en forma detenida, haciendo pesca de superficie y submarina en los sitios apropiados, tomando las distancias de una ensenada a otra, marcando el tiempo de recorrido de la lancha, explorar los ríos que bajan de la Sierra Nevada, era un deseo que al fin realizamos. Mi amigo Jaime Gontovnik llevaría su lancha ‘Monica’, una CrisCraft rápida y de poco calado que nos permitiría hacer el recorrido en poco tiempo y entrar por la arriesgada boca del río Don Diego.

Embarcamos provisiones, hielo, arpones de pesca submarina, cañas de pescar, bote salvavidas, etcétera; y salimos de El Rodadero con un día claro y sin viento estando el mar en calma completa, lo que nos permitía dar máquina y levantar una velocidad de unas 25 millas. En hora y media estábamos entrando a Arrecifes, un sitio de increíble belleza. El mar allí nos recuerda las aguas transparente de San Andrés. Las olas se estrellan en una muralla de roca que defiende la costa en más de dos millas dejando una entrada entre monumentales piedras a una ensenada tranquila de la que vemos el fondo de distintos tonos verdes y rojizos corales. En la costa pueden verse cerca a la orilla tupidos cultivos de cocos y plátanos, y al fondo las empinadas montañas de selva virgen que se pierden entre las nubes.

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Fondeamos la ‘Mónica’ cerca a los ranchos del colono Pallares y uno de sus hombres nos acompañó en el cayuco a buscar el pescado del almuerzo. Nos sumergimos y Jaime fue el primero en cazar un pargo de regular tamaño.

Nadamos hacia afuera de los Arrecifes, allí habría piezas más grandes; capturados otros pargos, voy a subirme al cayuco para regresar, cuando veo allá abajo una cherna grande, tendrá unas  sesenta libras y no lo pienso, tomo varias bocanadas de aire y me sumerjo, el animal huye lentamente hacia una cueva entre las rocas, pero ya estoy cerca y disparo el arpón. La varilla se le incrusta en la nuca, pero el animal alcanza la cueva y se revuelve furioso. Le doy varios tirones de la cuerda del arpón pero el animal no sale y ya no tengo aliento. Suelto cordel del carrete del rifle y voy subiendo mirando un derredor pues en esta zona ya me he tropezado con algunos tiburones, aunque no  muy grandes. Al salir tomé aire a todo pulmón y llamé al cayuco. Jaime ya estaba también a bordo. “¡Arrímense! Tengo una cherna grande arponeada, pero está encerrada allá abajo”.

Me sumergí después de llenar los pulmones, la cueva estaba profunda, unos 15 metros; al llegar, la cherna nuevamente se resolvió pero agarré con fuerza la varilla, afirme los pies en la boca de la cueva y jalé. Al impulsarme hacia arriba salió el pescado y ascendimos. En ese instante miré al frente y un gran tiburón gris se acercaba a gran velocidad; veía su enorme cabeza con sus pequeños ojos de asesino. Grité y este gran resoplido se tradujo en un quejido bajo el agua, que el tiburón alcanzó a oír pues viró moviendo la cola nerviosamente. Cuando me abandonaban las fuerzas llegué a la superficie y tomé aire. Sin perder de vista el escualo nadé hacia el cayuco y entregué el rifle que izaron con el pescado que aún revoloteaba. El tiburón viraba en círculo excitado por la proximidad del pescado herido, pero no había duda que mi presencia lo había desconcertado y ahora se alejaba.

Por ese día ya estaba buena la pesca submarina. En menos de dos horas teníamos más de cien libras de pescado. La experiencia con el gran tiburón me interesaba mucho, pues nunca me había tropezado con una bestia tan grande y se mostraba lo mismo de asustadizo que los pequeños que había visto. ¿Por qué en aguas sucias como Bocas de Ceniza los tiburones atacan inmediatamente? ¿Por qué los tiburones asesinos, el blanco y el azul, no frecuentan estas costas tan ricas de pescas? Es muy posible que en la boca del gran río se ‘ceben’, comiendo carroñas de animales arrastrados por la corriente y siendo muchos se disputan cualquier presa.

Es posible que en aguas claras recelan de la extraña figura del nadador, no habiendo grandes corrientes en las costas samarias, no se sienten a gusto estas bestias del mar.

A las 3:00 de la tarde salimos de la ensenada de Arrecifes y recorrimos a gran velocidad la costa. A 10 minutos estamos frente a los ranchos escondidos entre coqueras de Cañaveral y del río Piedras. Vienen otros ríos de nombres indígenas: Mendihuaca, Guachaca, Buritaca y nuestro destino por ese día, el río Don Diego, que como los anteriores, se desgaja de la gran Sierra Nevada con su selva exuberante. Antes de entrar al río damos unas vueltas de reconocimiento de la boca, pues la entrada por ésta no deja de tener sus riesgos. Jaime aprovecha para soltar cordel a sus cañas y la picada no demora: el pez da fuertes tirones; por el cabeceo entendemos que es un gran jurel que izamos no sin que haya hecho sudar al compañero.

Capturamos otros jureles y carites. Se hace tarde y no queremos entrar al río sin buena luz. Pedro, el motorista, recibe nuestra orden y pone la proa al río. La lancha recibe el empujón por la popa de dos o tres olas de marejada y ya estamos entrando al río. Los cordeles siguen entre el agua. Queremos capturar algún pez en la boca y el tirón no se hace esperar: el carrete de la caña de Jaime se estremece y chilla. La caña se dobla; el animal es grande y parece que se va a llevar toda la línea; la corriente del río es suave y la lancha se mantiene con marcha mínima. ¿Qué animal puede ser? Los jureles no entran al río. Será un róbalo, pues si fuera sábalo, ya habría saltado. Ahora comenzaba Jaime a cobrar; el animal cedía, para emprender otra carrera. Al fin lo tuvimos cerca y Pedro armado con el gancho lo acechaba. Por fin lo vimos: era un gran pargo mulato de color bronceado brillante, un pargo ‘dentro’ de unas cuarenta libras. Dimos vuelta y salimos al mar; en la próxima entrada fue un róbalo de veinte libras; antes de llegar la noche teníamos a bordo tres de los pargos grandes robalos, jureles y acrites.

Oscurecía, seguimos río adentro buscando un sitio donde pasar la noche amarrados a una orilla. A quinientos metros del mar estaban observándonos algunos trabajadores de la finca bananera Don Diego. Entre grandes árboles estaba la casa del campamento. Al ruido de la lancha, ahora salían mujeres y niños.

Amarramos frente a ellos y a los pocos minutos ya y charlábamos con todos. Cuando se han pasado malas noches tratando de dormir en el mar, a bordo de una embarcación pequeña, es cuando se aprecia la silenciosa tranquilidad de un río, para pasar la noche. La lancha estaba totalmente quieta, no había mosquitos, solo se oía el ronquido de los monos cotudos y chillidos de grillos y lechuzas.

Del fogón que prendieron Pedro y el indio Manuel, venía un agradable olor a pescado frito.

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Charlamos con uno de los colonos, un mulato  dibullero alto y fornido:

- ¿Hace mucho estás por aquí?

- Unos quince años...

- ¿Por qué hay poca pesca dentro del río?

- Dinamita… Algunos colonos tiran dinamita que compran en Santa Marta.

- ¿No hay autoridades por aquí?

- Ninguna. Por aquí nunca viene ni la Policía, ni la Aduana, ni el Ejército. En el invierno no viene sino en barcaza de la finca a llevar guineo de exportación y uno que otro cayuco dibullero de los de contrabando que hacen escala aquí para descansar. La lancha de ustedes es la primera que vemos. Por eso los niños están tan curiosos. En el verano si entran camiones con carga y jeeps. También hay una pista para avionetas, pero está un poco abandonada.

-¿Hay mucha cacería por aquí?

-Subiendo por el río varios kilómetros, se encuentra danta, tigrillo y caimanes, agujas, pavas y paujíes. Aquí abajo en la tierra plana, si les han dado mucha candela.¿Hará mucho frío en la noche?

-En la madrugada un poco.

-¿Veremos mañana la nieve?

-Claro que sí, desde aquí se ven todos los picos.

La gráfica muestra en un claro de la selva a Mary Cabrera, de relaciones públicas de Colpet, y a Virginia Puccini, hija del agente de Colpet en Barranquilla.

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Al día siguiente el paisaje que vimos parecía increíble. Encima de la espesa montaña se veían todos los picos blancos de la Sierra apuntando al cielo azul y a la vez reflejándose en las aguas del río.

Jaime, extasiado, no dejaba de comentar: ¡Qué sitio éste! Playas, mar con buena pesca, río con aguas cristalinas, pargos y róbalos, selva con cacería, paisaje con nieve, clima fresco y seco. ¿En dónde se consigue algo así? ¿En dónde? Y solamente estábamos a escasos sesenta kilómetros de Santa Marta. Sin embargo, ¿cuántos samarios conocían esto? ¿Cuántos colombianos? ¿Tal vez nuestros hombres públicos y funcionarios de turismo? ¡Que no habrían hecho ya en otros países con este paraíso de turismo!

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Después de corretear varias veces la entrada del río, capturar otros tantos róbalos, nos pusimos rumbo al oriente hacia el río Palomino. La silueta jorobada de la serranía se asomaba al mar formando un acantilado de pura roca. Este es el gran obstáculo de la carretera Santa Marta- Riohacha. Hasta allí llega el carreteable por ambos lados. Seis kilómetros de roca que separan a los samarios y guajiros, que impiden además el comercio de esta rica zona con Venezuela, taponando también la corriente de turista venezolanos ansiosos de bellas playas, del clima suave y seco de la sierra y del recuerdo de San Pedro Alejandrino. Esta muralla del atraso se llama: ‘El paso de los muchachitos’.

En 20 minutos, la veloz ‘Mónica’ ya estaba frente al Palomino. La mole blanda de la nieve se veía más cerca y en todo su esplendor y en la margen oriental del río se adivinaba un caserío minúsculo.

¡Palomino! Ya este nombre lo conocía. Famoso río en las crónicas de la conquista.

Debe su nombre a Don Rodrigo Álvarez Palomino, quien allá, en 1528, capitán y Gobernador de la provincia de Santa Marta, se mantenía guerreando con los indios de la sierra, que hostigaron durante toda la historia a los españoles, a quienes daban en estas montañas unas palizas tremendas con flechas enveheridas. Poco oro y mucha pelea fue lo que encontraron los conquistadores que decepcionados se desplazaron más tarde a Cartagena y el interior, no sin saber diezmado a nuestro valientes indios.

En una de estas incursiones cuenta la crónica: Palomino mandó a un soldado que trajese una canoa que se veía en la otra margen, para pasar el hato y la gente. Impaciente de ver que éste se demoraba, saltó sobre su caballo y se botó al río. El corcel venía nadando con toda calma y de golpe en mitad de la corriente, se hundió. Nunca se encontró el cadáver del Gobernador. Se cree que haya sido víctima de un caimán, como lo habían sido varios de los soldados de Vadillo, cuando pasaban este río pocos días antes. El río desde entonces lleva el nombre de este valiente y atrevido soldado, audaz y estratego, cuyo solo nombre era el terror de los indios que le temían y veneraban.

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En la boca del río la marejada forma espuma, que nos hace pensar que no hay mucho fondo para la ‘Mónica’. Vemos salir del río un cayuco que con gran habilidad gobierna un muchacho.

Lo llamamos... Nos informa que en realidad es arriesgada la entrada al río, pues la lancha cala más que los cayucos a motor de los dibulleros. ¿Mucha pesca por aquí?, le preguntó. - Sí, señor; hay sierra y carite. En la boca hay pargo y róbalo; dentro del río hoy sábalo, pero poco; lo persiguen mucho los colonos con dinamita...

La Sierra Nevada se ve cerca. ¿No ha subido nadie a los picos nevado por este lado?

- No, señor; la serranía está muy parada y no se puede subir por aquí; dicen que por el lado del sur, por Pueblo Bello, si se puede subir. Por aquí es más cerca, pero la Sierra de este lado es empinado y peligrosa...

Nos despedimos del pescador y seguimos costeando despacio, pues Jaime ya tiene las cañas con sus líneas dentro del agua. A los pocos minutos, chilla el carrete y se dobla la caña; es una sierra pequeña que pronto está en la nevera de hielo; sacamos otros cuatros animales, pero como deseamos llegar pronto a Dibulla, recogimos las cañas y aumentamos velocidad.

Seguimos recorriendo el litoral. La serranía ahora se retiraba, y se veían extensas tierras planas. En hora y media estábamos frente a Dibulla. No había ensenada. Una playa rojiza abierta, pero el mar tranquilo nos dejó fondear frente al caserío.

Nadamos 10 metros y ya estábamos entre curiosos, averiguando por gasolina, una de las preocupaciones de Jaime. Si hay, nos dijo un joven, que nos indicó una casa cercana donde nos venderían lo que quisiéramos...

No se sabía qué causaba más admiración a la gente de este solitario pueblo; si la rapidez y elegancia con que se presentó la ‘Mónica’ o nuestra insólita presencia en vestido de baño...

Pregunté por un pescador que nos sirviera de guía para llevarnos a los bajos de Cari-Cari, uno de nuestros objetivos. Nos recomendaron un marinero de un cayuco a motor de los que fletan los contrabandistas. Localizamos el hombre, que sin pensarlo nos aceptó, y nos embarcamos escoltados por innumerables chiquillos que nos acompañaron hasta la lancha.

Este marinero poco comunicativo como esa gente que navega fuera de la ley, conocía la costa de la Guajira a Barranquilla, como la palma de la mano. De día y de noche, con mar bueno y con tiempo malo. El mar endemoniado que hay en verano con fuertes vientos, para él era su camino habitual. Navegan seis o diez horas entre olas encrespadas que empapan el cuerpo y escuece en los ojos reparar el viejo motor del cayuco en ese bailoteo infernal a espaldas del mundo y lejos de toda ayuda, era apenas un sistema de vida diaria.

Trato de interrogarlo:

-¿No vienen otras lanchas por aquí?

-Ninguna, fuera de los cayucos, nadie viene.

-¿Del gobierno tampoco?

-No, señor. Los guardacostas nunca se arriman.-¿Mucha pesca?

-Bastante. ¿Ve esos pájaros frente al pueblo? Pues  es un cardumen de sierras.

-¿Hay muchos pecadores nativos?

-Hay tres cayucos de remoque que salen todos los días en la madrugada y a las 10:00 de la mañana regresan con más de cincuenta pescados cada uno, entre crites y sierras.

Miré a Jaime y adiviné que estaba pensando lo mismo que yo: “¿El hombre no le estará tomando el pelo?”

Sacamos el ancla y seguimos con rumbo al Oriente.

¿Queda lejos Cari-Cari?, preguntamos a nuestro nuevo guía. Nos muestra la línea de la costa que se pierde entre pequeños puntos suspensivos.

“¿Ve el último punto en el horizonte? Pues, frente a esa punta, están los bajos. Unos quedan cerca a la costa y otros están como a tres millas de tierra”.

Aceleramos motores y la ‘Monica’ se desliza a treinta millas... Queremos llegar pronto al ‘Dorado’ de la pesca: Los Bajos de Cari-Cari. Pero antes, y a pocos kilómetros de Dibulla, encontramos cardúmenes de sardinas asediadas en el agua por carites y jureles y seguidas  por miles de gaviotas que chillan y revolotean incesantemente; Jaime no aguanta la tentación, disminuye máquina y tira las cañas que al minuto se estremecen a un tiempo. Se lanzan los señuelos y vuelven a picar. En pocos minutos hay diez pescados a bordo. Ahora si creemos lo de los cincuenta pescados que cogen los dibulleros en tres horas.

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Llegamos a Cari-Cari. En la playa hay unos ranchos infelices de guajiros, entre los que se divisan sus pequeños cayucos: son pescadores. Ahora cambiamos rumbo y salimos al norte. Allí nos dice el guía (mostrándonos un bajo que hace la espuma), naufragó la ‘Ana Ángela’. Se volvió pedazos una noche. Era un una goleta bonita y rápida...

Preparo mi equipo de pesca submarina y me lanzo al agua. Está un poco turbia. Me sumerjo y llego al fondo que voy recorriendo, dando velocidad a mis aletas. No hay corales, no hay piedras, no veo langostas. Es un fondo casi plano, con algunos promontorios de ostiones en donde juguetean pequeños peces.

Saco algunos y estrellas de mar. Casi todo el fondo tiene una alga deshilachada con una hoja larga como de pasto. Subo a la lancha y le digo a Jaime: En pesca submarina no hay nada que hacer aquí.

El guía interrumpe. “Además, ‘Capi’, aquí hay mucho tiburón”.

Bueno... Pues no vi ninguno.

Cruzamos ahora por los canales del bajo buscando siempre mar abierto en busca de los bajos ‘de afuera’, y con veinte minutos el guía nos dice: “Estamos en el bajo”.

Pero nosotros no vemos nada. No se ven rompientes, ni espuma, ¿Será este el bajo? Estamos a más de cinco millas de la costa. Tiramos una sonda; ocho brazas. En realidad sí es un bajo, sólo que nosotros lo imaginábamos más seco y con rompientes en la superficie, grandes piedras y corales dónde hacer pesca submarina, pero no había tal. Tiramos la caña y correteamos.

El primer periodista que para entrevistar a los motilones, llegó hasta los indios, fue nuestro colaborador Víctor Moré. La foto muestra un grupo de motilones.
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