80 años del ciclón

EL INFORMADOR dedicó dos páginas a un acontecimiento del que existen pocos registros

Crónicas 60 años
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Un hecho del que poco o nada se ha conocido en la historia de Santa Marta es la llegada de un ciclón ocurrido en 1894, y que en la edición del día 6 de diciembre de 1974 cumplía 80 años.

Por: Orlando Peña
Especial para EL INFORMADOR
Fotos:  EL INFORMADOR

Fueron dos páginas las dedicadas por EL INFORMADOR a un acontecimiento del que existen pocos registros. La narración describe las devastaciones que hizo el fenómeno natural a gran parte de la vieja ciudad.

El cronista Orlando Peña relata lo que sucedió aquel día, cuando desde temprano los habitantes comenzaban a quejarse por el inclemente sol hasta cuando comenzó a oscurecer el horizonte.

Esta hospitalaria ciudad de Santa Marta, donde por sus méritos históricos e hidalguía de sus habitantes siempre ha conservado su ritmo de quietud, cortesía, tranquilidad y una resignación propia de los santos, siempre se ha visto estremecida por algún trauma geográfico.

Su vida cotidiana, muy legendaria, la ha sabido llevar con carácter y valor en los momentos trágicos y peligrosos que le ha tocado soportar; como también sabe alegrarse con emoción a granel, si le toca festejar los días que considera que le son imprescindibles de regocijarse.

Así me puedo expresar con el mayor respeto, devoción y seriedad del acontecimiento que me propongo relatar con la mayor objetividad a fin de informar a los buenos samarios este suceso.

Los trágicos hechos a los que me voy a referir se concretan así:

El día 6 de diciembre del año de 1894 desde muy temprano los habitantes de Santa Marta empezaron sus tareas cotidianas como de costumbre; sólo había un notorio reflejo, y era que el sol quemaba demasiado; todos los comentarios giraban alrededor de lo sofocante del día.

Este calor se fue apagando a medida que llegaba la tarde, precisamente a las seis, cuando una espesa nube color negro se presentó, cuya dirección era de norte a este; se fue abriendo en forma de un gigante hongo y produciendo un oscuridad tremenda, es decir, daba la impresión que eran las ocho de la noche. Todo el público se mostraba temeroso y desesperado, pues nadie sabía qué iba a suceder.

El pueblo, como la mayor oscuridad provenía del mar, se fue a la orilla de la playa para observar de cerca el fenómeno. En esos momentos se acercó un barco de nacionalidad holandesa al puerto, y el capitán de la nave le previno a los allí presentes que se prepararan a hacerle frente a la muerte.
Según el capitán, la estación que ellos tenían instalada en el barco daba señales que estaba para precipitarse un gigante ciclón, y las consecuencias que iba a producir eran desconocidas.
 
Aquí en el Norte de Colombia no había estaciones metereológicas y nadie podía informar sobre lo que podía suceder.
El temor continuó entre la ciudadanía, se sentían rugidos subterráneos, como grandes desprendimientos de la tierra. Algo inenarrable por las características que ofrecía el espectáculo.

Entonces si se apoderó el pánico en todos los habitantes de la ciudad.
El capitán del barco holandés, de apellido Honver, en vista de la gravedad de lo que se aproximaba, devolvió su barco y empezó a dar aviso a los otros buques que estuvieran próximos a la costa noreste de Colombia.

El verdadero cataclismo se inició a las seis y cuarenta minutos de la noche: se desprendió un torrencial aguacero que parecía que el agua fuera arrojada por poderosas mangueras de tres a cuatros pulgadas en actividad, a la media hora de haber empezado, las calles ya eran arroyos completos y las quebradas vecinas verdaderos ríos navegables.

El aguacero duró hasta las nueve de la noche, es decir, duró dos horas y veinte minutos lloviendo.
De esa hora en adelante todo fue confusión y angustia, había que temperar los nervios para hacerle frente al desastre nadie sabía si era la violencia de las aguas de mar, o si eran las aguas del río Manzanares las que inundaban a la ciudad.Los desbordamientos de los ríos Manzanares y Gaira, quebradas del Doctor Marínca, Tamacá y otra quebrada que apareció al norte de la ciudad, llamada quebrada El Volcán, no tiene nombre en toda la historia de esta región hubieran subido en volumen, y se ha dicho que en el mundo han sido muy pocos los ciclones de esta magnitud que se han precipitado en tan estrecho territorio.

La forma como subió el agua en la ciudad es algo indescriptible, dicen que pasó de los tres metros de altura, no quedó sitio de la ciudad donde el agua no hubiera llegado; el Manzanares arrasó con la planta de luz eléctrica recién inaugurada en la villa de Bonda; el puente que servía de trasbordo en el camino de San Pedro Alejandrino y Mamatoco; la línea férrea que tenía pocos días de haberse instalado fue arrasada y enterrada, parte de ella no ha sido sacada.

El río Minca o Gaira destruyó todo lo que había de agricultura, en ese pueblo quedaron solamente grandes arenales donde antes eran cultivos de caña de azúcar y trapiches, su ruina y pérdidas personales no se conocieron.

La planta eléctrica que había sido estrenada unos meses antes también fue arrasada y enterrada, hubo lugares que después del ciclón no se sabía que era lo que había existido antes.
Todo era un solo playón y montones de árboles destruidos por la violencia de las aguas fluviales
Como la cosa era de vida o muerte, salieron todos los botes a navegar por las calles y recoger a las personas que estaban en peligro de ahogarse.

En la esquina de la plaza de la Catedral se encontraban las aguas del Río Manzanares y el mar, la altura donde llegó el agua en ese lugar fue de tres metros, muchas ya se habían derrumbado por la fuerza de las corrientes, las campanas tocaban rogativas anunciándoles a los moradores la tragedia que vivía la historia de Santa Marta.

Lo que más prevaleció dentro del pueblo fue la convivencia fraternal de todas las capas sociales para salvar la vida y algunos enseres de los habitantes que conservando su generosidad y espíritu cristiano, no dejaron padecer a ninguna persona, la ciudad apenas llegaba a los cinco mil habitantes.

Unos fueron llevados al cerro del Cundí y otros eran acomodados en los edificios más altos, previendo siempre que estuvieran fuertes los cimientos, no fueran a derrumbarse con el peso de las gentes y el forcejeo de la corriente.

El número de ahogados no pudo saberse nunca, sólo se comentaba que en Gaira pasaban de quince, otros en las quebradas del Doctor Marinca y Tamacá que muchos campesinos tenían cultivo en las orillas, se dieron como desaparecidos.

La ciudad fue atacada fuertemente por el norte. La quebrada El Volcán, según el observador, no causó pérdidas personales por la ligereza con que actuó el cuerpo de salvavidas creado en la emergencia.

Las pérdidas materiales de vidas fueron cuantiosas y la ciudad quedó en una miseria tremenda.
El puente del ferrocarril, llamado hasta hace poco Puente Mayor, se sostuvo de milagro, pero si se ladeó y parte de las líneas no las han encontrado todavía.
No hubo mayores daños debido a que en esa época el cauce del río estaba despoblado, los barrancos altos y el caudal eran permanentes.

El mar tampoco hizo mucho daño a pesar de haber permanecido por muchos días con un tremendo mar de leva, sus orillas estaban despobladas, no se conocían las quintas, hoteles y moteles a la orilla de las playas.

Posteriormente se llegó a saber que el mayor volumen de agua que arrojó el ciclón se precipitó sobre el océano Atlántico. Si ese mar de leva se presentara en este tiempo, no habría dejado ni rastro del balneario El Rodadero ni sus alrededores.

Años más tarde se confirmó por estudios hechos con instrumentos meteorológicos que es el mayor ciclón que ha caído en el norte de América del Sur.

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