Carta para mi esposa

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Un día como hoy, te miré a los ojos, tomé tus manos suaves como la seda, y te hablé con las palabras más dulces y hermosas que encontré. Más tarde probé tus pétalos de rosa roja, que me condujeron a un mundo de éxtasis, a un mundo tan solo y excitante, donde únicamente estábamos los dos.

Desde entonces, cada vez que te besaba, me transportabas a ese lugar paradisiaco e inexplicable. Tiempo después, te pedí que nos uniéramos en cuerpo y alma, y que voláramos juntos a través de ese éter misterioso de deleite. Que nos abandonáramos en ese lugar maravilloso y que no paráramos de soñar. Tú aceptaste de inmediato, y en un ritual de ensueño nos cayó la bendición del Cielo. Ya éramos dos en uno. Ya estábamos listos para abrir las alas y emprender el vuelo. Sin embargo, ese viaje soñado no era como lo pensábamos. Pese a  nuestro anhelo y a las fuerzas del querer, hubo muchas nubes negras en nuestro espacio, que por momentos nos llenaron de confusión y de lágrimas. Comprendimos que no era fácil caminar por ese camino que nos mostró solo maravillas en un principio. Pero tomados de la mano unimos nuestras fuerzas para caminar por entre cardos y espinas de la dura realidad. A pesar de todo, nada fue en vano. Pronto nuestras vidas empezaron a llenarse de retoños verdes que crecían con el transcurrir del tiempo. Estábamos más fuertes que nunca; nuestros brotes cada día nos llenaban de fuerza y oxigenaban nuestras almas.

Hoy han pasado tantos años, matando con nuestro amor cada bicho que intentaba aguijonear y enfermar nuestra existencia. Mi frondosa y vigorosa planta castaño que crecía, coronando mi cabeza, se ha ido despidiendo poco a poco, quedando solo unas cuantas débiles y albas greñas. Mi rostro está hecho un desierto lleno de cauces secos. Mis fuerzas varoniles poco a poco van cediendo con el paso del tiempo. Mis ojos ya sin brillo, no miran a la distancia, porque un nubarrón oscuro se atraviesa. Y tú, lo mismo que yo: los pétalos de rosa roja está marchitos, tu mirada es más profunda, tu rostro es mustio, el velo que cubre tu cabeza ahora es blanco.

Tantas cosas han pasado, pero las mejores se han quedado en una estación que el tiempo no pudo llevarse. Tu mirada tierna es la misma, tus manos de seda son más suaves aun, tu  risa más hermosa. Tu amor más fuerte y profundo. Ya tus besos no me llevan a ese mundo excitante; ahora me conducen a un mundo sublime, donde el espíritu se hace grande. Ya no te abrazo con tentáculos de fiera encarnizada. Ahora lo hago con exquisita delicadeza, como el que toma el tesoro más preciado de su vida. Siempre has sido, y serás el tesoro más grande de mi vida. TE AMO.
Escrito por:
Mario Durán Gallardo
Autor: Mario Durán GallardoWebsite: http://mariodurangallardo.blogspot.ca/
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